La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), concebida en 1949 como un escudo inexpugnable contra el expansionismo soviético, atraviesa hoy una crisis de identidad que va más allá de lo presupuestario. Lo que en su origen fue una alianza de defensa colectiva se ha transformado, tras décadas de mala gestión y errores de cálculo compartidos en la vieja Europa, en una maquinaria burocrática y militar cuya eficacia y propósito están sometidos a escrutinio. La pregunta hoy no es si la OTAN es necesaria, sino si su actual gestión, necesariamente supeditada al dinero de Washington, no está generando más inestabilidad de la que pretende prevenir desde que la propia organización se ha expandido sin ninguna estrategia.
El primer gran error de su gestión en la era moderna comenzó tras la caída del Muro de Berlín. En ese momento, en lugar de redefinir su papel en un mundo que ya no era bipolar, la OTAN optó por una expansión inercial hacia el Este. Tal decisión ignoró las advertencias de diplomáticos veteranos como George Kennan, quien predijo que la ampliación sería un error fatal. La mala gestión aquí no fue la apertura democrática, sino la falta de una arquitectura de seguridad inclusiva. Al tratar a Rusia como un enemigo eterno en lugar de integrar una solución de seguridad europea, la OTAN alimentó una retórica de asedio en Moscú que, si bien no justifica invasiones, sí explica el colapso del diálogo diplomático. La alianza se convirtió en una herramienta de presión.
Si algo ha erosionado la credibilidad de la gestión OTAN-EE.UU. han sido las intervenciones fuera de sus fronteras. El caso de Libia en 2011 es paradigmático. Bajo el paraguas de una misión humanitaria, la alianza ejecutó un cambio de régimen que dejó un estado fallido, un mercado de esclavos moderno y una crisis migratoria por la que Europa hoy sigue pagando un precio muy alto.
Este patrón de “gestión por caos” se repitió en Afganistán donde luego de veinte años, los aliados europeos siguieron a pies juntillas el liderazgo estadounidense de la gestión Biden, cuya patética huida de allí, mostro que la administración demócrata junto a la OTAN nunca tuvo objetivos claros. El final fue una retirada unilateral y caótica en 2021, decidida en la Casa Blanca por Joe Biden sin consultar mínimamente a sus socios que habían operado sobre el terreno. Allí, la OTAN demostró ser, en la práctica, una jerarquía piramidal donde Europa pone las bases y Estados Unidos toma las decisiones.
El problema de la dependencia financiera -siempre criticado por Washington- no es nuevo, históricamente el escaso aporte presupuestario de sus socios europeos para la defensa, actualmente se ha profundizado en la creencia europea de que EE.UU. siempre ha pagado la cuenta. Sin embargo, esta es una moneda de dos caras. Al mantener a Europa bajo su paraguas nuclear y tecnológico, Estados Unidos ha fomentado una atrofia en la autonomía estratégica europea. La gestión de la OTAN priorizo la interoperabilidad con equipos estadounidenses, convirtiendo la defensa europea en un mercado donde la industria militar europea perdió relevancia.
Esta perdida ha sido un error estratégico masivo para Europa. En un escenario donde el interés de Washington se desplaza hacia el Indo-Pacífico para contener a China, Europa se descubre entonces peligrosamente desarmada y dependiente de una logística que podría abandonarla en cualquier momento. Así, hoy la OTAN está comprendiendo que la mala gestión propia reside en haber construido una alianza que no incentiva la independencia, sino la necesidad y la obediencia subsidiada.
La gestión actual de la crisis en Ucrania revela las profundas y definitivas grietas. Mientras EE. UU. utiliza el conflicto para debilitar a un rival estratégico, los socios europeos (OTAN) asumen los costos económicos directos: desindustrialización por los precios de la energía y la presión social creciente. La falta de una voz europea unificada dentro de la OTAN ha permitido que la agenda de Washington dicte el ritmo de una guerra de desgaste en suelo europeo, cuyos riesgos nucleares y económicos no se reparten de manera equitativa a ambos lados del Atlántico. Pero eso no es responsabilidad de la administración Trump, contrario a ello hay que repasar y enumerar las muchas deficiencias de los países centrales europeos de los últimos años.
En otras palabras, la OTAN padece una severa parálisis institucional. Su mala gestión no es solo un tema de logística, “es intelectual decisorio y dirigencial”. Se sigue gestionando el mundo del siglo XXI con las herramientas de los años de posguerra de la IIWW. El error fundamental de los Estados Unidos ha sido tratar a sus aliados como socios e iguales, y el error de Europa ha sido aceptarlo por comodidad.
Para que la alianza sobreviva con dignidad, debe dejar de confrontar con la política exterior estadounidense y convertirse en una verdadera coalición de defensa regional. El tiempo de las expediciones fallidas y de la expansión sin diplomacia debe entenderse como terminado. Si la OTAN no es capaz de gestionar su propia autonomía frente a los intereses de Washington, corre el riesgo de convertirse en una reliquia costosa, o peor aún, en el motor de una conflagración que nadie o muy pocos desean.
El impacto de estos errores ya se siente en la energía, el petróleo y el gas son los puntos más sensibles, también en las fronteras y en los presupuestos públicos. La pregunta es cuánta más mala gestión puede soportar el orden democrático-internacional antes de que la estructura se quiebre definitivamente.

*Prof. George Chaya, is a Senior Advisor on Middle Eastern Affairs USA National Security expert OSINT based in Washington DC.

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