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El nuevo Eje de la Resistencia: “La Alianza de China, Rusia, Irán y Corea del Norte” y el nuevo orden multipolar (George Chaya)

Por Poder & Dinero

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Aquellos que sostienen que el nuevo orden geopolítico global luego de la caída de la ex Unión Soviética ha llegado a su fin después de más de tres décadas, el sistema internacional es conceptualizado -incluso en círculos de limitado acceso en Washington- por críticos con visiones peculiares de la geopolítica como una mala señal y definida como una “Pax americana de carácter imperfecto”, no obstante, ellos no brindan soluciones nuevas a problemas de antaño.

Aunque es cierto que tal “estaus quo” se sostuvo por la globalización económica, la primacía del dólar y la capacidad de disuasión militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (NATO por sus siglas inglés) y sus aliados claves, como Israel en Oriente Medio. Sin embargo, la acumulación de tensiones estructurales, la envidia pueblerina antiestadounidense, las mezquindades políticas y el resentimiento histórico, como también los cambios en el equilibrio de poder económico han catalizado la formación de una coalición que hoy desafía directamente a la democracia occidental.

Sin embargo, lo que enfrenta occidente no se trata de una alianza formal y estructurada mediante un tratado de defensa mutua del tipo de la NATO, lo que observamos es más bien un matrimonio de conveniencia estratégica de cierta efectividad. Es así que Beijing, Moscú, Teherán y Pyongyang han configurado lo que colegas y analistas denominan el “eje de la resistencia global” (al que podríamos llamar un bloque euroasiático de revisión sistémica). No obstante, lo que une a estas cuatro capitales no es la afinidad ideológica -pues coexisten el comunismo de partido único en China, el nacionalismo ortodoxo y autocrático en Rusia, la teocracia chi´ita en Irán y el totalitarismo dinástico del Juche en Corea del Norte- sino un objetivo existencial compartido: socavar, debilitar, fragmentar y en última instancia, reemplazar el orden internacional liderado por Washington.

Es así que, como civilización judeocristiana, pero más que nada, como occidentales, laicos o hijos de la ilustración no podemos ignorar los dos frentes de guerra más críticos de nuestro tiempo: “la invasión rusa a Ucrania y el conflicto multifronte en Oriente Medio que enfrenta a Estados Unidos e Israel contra Irán y sus satélites ideológicos para estatales en Líbano, Yemen, Qatar e Irak”. Es en este escenario global en el cual los peligros multifacéticos que esta coalición representa para la seguridad global donde la estabilidad económica y la supervivencia de los valores democráticos en los próximos años no deben soslayarse desde la ingenuidad academia, la diplomacia y mucho menos desde lo militar.

La guerra de desgaste en Ucrania ha sido por todos estos años el innegable laboratorio de la cooperación euroasiática. La invasión total de Ucrania por parte de Rusia, iniciada en febrero de 2022, ha dejado de ser un conflicto puramente regional o europeo para convertirse en la primera guerra por delegación global de la nueva guerra fría. La resistencia ucraniana, sostenida financiera y militarmente por la coalición occidental, también forzó a Moscú a buscar alternativas logísticas, tecnológicas y armamentísticas fuera de sus fronteras cuando se vio aislada por el programa de sanciones occidentales. Es aquí donde la alianza mostró su capacidad operativa real.

En este tablero geopolítico, el rol de China asumió el papel del motor económico y tecnológico de doble uso. Beijing adoptó una postura de neutralidad formal en el conflicto, presentándose constantemente como “mediador de paz”. Sin embargo, la realidad estratégica contradice la retórica diplomática de China. Tras la declaración de una amistad sin límites entre Xi Jinping y Vladimir Putin días antes de la invasión, hoy es evidente que China se ha transformado en un salvavidas económico crucial para Rusia al absorber masivamente las exportaciones de petróleo y gas rusos que antes se dirigían a Europa. Así, China ha garantizado el flujo de divisas que alimenta la maquinaria de guerra del Kremlin. No obstante, más allá de lo energético, el peligro crítico radica en la provisión de bienes de “doble uso”. Empresas estatales y privadas chinas suministran a Rusia microchips, semiconductores, componentes electrónicos avanzados, drones comerciales y maquinaria de precisión indispensables para la fabricación de misiles y tanques en las fábricas rusas. Sin el soporte industrial y logístico de Beijing, la capacidad rusa para sostener una guerra de desgaste prolongada se habría visto gravemente mermada.

Al mismo tiempo, el juego de Irán y Corea del Norte abastece peligrosamente los arsenales de ambas autocracias (con prescindencia de que una sea atea y la otra ultra religiosa y aplique la Ley de Velayat e-Faqih).

Así las cosas, nadie ignora en el Pentágono que, mientras China actúa como el motor industrial, Irán y Corea del Norte asumieron el papel de proveedores directos de letalidad militar; días pasados, bajo condición de anonimato, un alto cargo militar del Pentágono que se desempeña como enlace con el Salón Oval me confirmó esto en un almuerzo de buenos amigos. Y hay mas sobre ello, Irán introdujo en el teatro de operaciones europeo los drones de la serie Shahid (Mártir en lengua árabe). Estas armas de bajo costo, pero altísima efectividad táctica han sido utilizadas sistemáticamente por las fuerzas rusas para saturar las defensas antiaéreas ucranianas y destruir sin piedad la infraestructura energética civil del país. Los satélites de la CIA disponen -en reserva y de forma clasificada- la prueba de los últimos 26 meses y los informes HUMINT sobre el terreno son prueba palmaria de estas actividades. En Langley se sabe que Teherán transfirió tecnología para que Rusia construyera grandes cantidades de estos drones en su propio territorio, consolidando así una doctrina de guerra aérea de muy bajo costo, pero extremadamente destructiva para los enemigos del Kremlin.

Al mismo tiempo, Corea del Norte, bajo el puño de acero de Kim Jong-un, ha dado un paso aún más audaz y peligroso. Pyongyang ha enviado millones de proyectiles de artillería de 152 mm y misiles balísticos de la serie Hwasong al frente ruso, resolviendo así la escasez crítica de municiones que sufría el ejército de Putin. El peligro escaló a niveles inéditos con el despliegue directo de tropas del ejército norcoreano en regiones fronterizas como Kursk, marcando la primera intervención militar directa de una potencia extranjera en suelo europeo en el siglo XXI.

Por otra parte, en materia del siempre conflictivo frente de Oriente Medio, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, en paralelo al frente europeo, agudiza la conocida volatilidad de aquella región y se ha intensificado de forma dramática tras los ataques del 07 de octubre de 2023 y la subsecuente campaña militar de Israel en Gaza y el sur del Líbano. Este escenario no es una fotografía estática y aislada; está intrínsecamente interconectado con el bloque euroasiático. No obstante, la opinión pública occidental suele manifestar percepciones erróneas del conflicto y lo cierto es que, para comprender la dinámica actual, se debe analizar la doctrina de seguridad de Irán ante una realidad que coloca históricamente a Teherán rodeado de adversarios del Consejo de Cooperación de los Países del Golfo, ampliamente superiores en armamento convencional dada su sociedad con Washington. Así es que Teherán desarrolló la estrategia del “Eje de la Resistencia” (una red de actores no estatales y milicias chi’itas distribuidas por todo el Levante y la península arábiga). Esto incluye a Hamás en la Franja de Gaza, Hezbollah en el Líbano, las milicias chi’itas en Irak y Siria, y los rebeldes hutíes en el Yemen.

Así las cosas, cuando Israel y Estados Unidos se enfrentan a estas fuerzas, no están luchando contra insurgencias aisladas, sino contra la extensión operativa de una potencia regional respaldada a su vez por gigantes globales. Los ataques con misiles balísticos y drones directos entre Irán e Israel han demostrado que el período de la “guerra en la sombra” ha terminado, abriendo paso a un conflicto convencional interestatal de consecuencias impredecibles.

En este escenario cada vez más claro, donde los actores ya no se molestan por disimular u ocultar su accionar, Rusia y China juegan un papel “de cobertura y legitimación diplomática” que debilita el poder coercitivo de Washington y Jerusalén. Rusia ha estrechado lazos con Irán a un nivel sin precedentes históricos. A cambio de los drones y misiles recibidos para la guerra en Ucrania, Moscú proporciona a Teherán sistemas avanzados de defensa antiaérea (como los S-400), cazas de combate Su-35 y tecnologías de guerra electrónica. Este intercambio debilita en cierto modo la superioridad aérea histórica de Israel y eleva sustancialmente el costo militar de cualquier ataque preventivo contra las instalaciones nucleares iraníes. Asimismo, Moscú mantiene relaciones operativas con Hamás y Hezbollah, utilizándolos como herramientas para desviar la atención de los recursos militares occidentales fuera de Ucrania.

En el caso de China, Beijing hace uso de su peso diplomático en el Consejo de Seguridad de la ONU para vetar o suavizar las resoluciones que buscan sancionar a Irán o condenar las acciones de sus satélites. Además, Beijing es el principal comprador del petróleo iraní sancionado, evadiendo el sistema financiero occidental mediante el uso del Yuan y flotas de barcos “fantasma”. Esta inyección económica constante estabiliza el régimen de los ayatolás frente a las crisis de descontento interno y las sanciones internacionales.

En esta dinámica peligrosa de reciprocidad sobre la transferencia tecnológica cruzada, el peligro más severo y sistémico de esta alianza radica en la naturaleza transaccional y simbiótica de sus interacciones. Las debilidades individuales de cada miembro son compensadas por las fortalezas de los otros, generando un ecosistema de proliferación militar de difícil control.

El orden geopolítico global surgido tras la caída de la ex Unión Soviética ha llegado a su fin. Durante poco más de tres décadas, el sistema internacional estuvo regido por esa Pax americana imperfecta. Sin embargo, la acumulación de tensiones estructurales, el resentimiento histórico y los cambios en el equilibrio de poder económico han catalizado la formación de una coalición que hoy desafía directamente la libertad y las democracias occidentales, y no se trata solo de esos cuatro países, hay varios cómplices occidentales que con mucho gusto y si pudieran “serían el árbol que dá la madera al mango del hacha que lo derribe”. Afortunadamente eso no sucederá. Aunque en este analisis se aborde la convergencia de estas potencias y se materializa en los dos frentes de guerra más críticos de nuestra era: la invasión rusa a Ucrania y el conflicto de Medio Oriente que enfrenta a Estados Unidos e Israel contra Irán y sus satélites.

A mi juicio, desglosar los peligros multifacéticos que esta coalición es vital para la seguridad global, la estabilidad económica y la supervivencia de los valores democráticos en los próximos años y es merecedora de ser compartida con el público lector prescindiendo de ideologías y/o creencias religiosas.

En primer lugar, amerita abordar “la Guerra de Desgaste en Ucrania”, esta ha sido y es el laboratorio de la cooperación euroasiática. La resistencia ucraniana, sostenida por la coalición occidental, forzó a Moscú a buscar nuevas alternativas logísticas, tecnológicas y armamentísticas al verse aislado por el régimen de sanciones occidentales. Es aquí donde la alianza mostró su capacidad operativa real y donde el rol de China se erige como el motor económico y tecnológico de doble uso de la mencionada alianza. De allí que es importante insistir que cuando Israel y Estados Unidos se enfrentan a estas fuerzas, no están combatiendo contra insurgencias aisladas, sino contra el bloque operativo de una potencia regional respaldada a su vez por gigantes globales. Estas conflictivas dinámicas de reciprocidad de transferencia tecnológica cruzada es el peligro más severo y sistémico de esta alianza y radica en la naturaleza transaccional y simbiótica de sus interacciones. Las debilidades individuales de cada miembro son compensadas por las fortalezas de los otros, generando así un ecosistema de proliferación militar de difícil y peligroso control.

Concluyendo, es pertinente señalar la necesidad de una estrategia de contención integrada. La alianza entre China, Rusia, Irán y Corea del Norte no representa una crisis temporal ni una serie de conflictos inconexos. Es un desafío sistémico y coordinado que busca reconfigurar el mapa del poder mundial para el siglo XXI.

La separación artificial de los teatros de operaciones militares de Ucrania y Oriente Medio es un error de diagnóstico estratégico gravísimo en el que Occidente no puede seguir incurriendo. Para enfrentar este peligro, Estados Unidos, Israel y sus aliados democráticos en Europa y Asia deben diseñar una estrategia de contención integrada que opere en múltiples niveles.

En lo militar, se debe abandonar la política de apoyo a cuentagotas y garantizar una superioridad tecnológica contundente en los frentes de batalla actuales. La derrota de los objetivos rusos en Ucrania y el desmantelamiento de las capacidades de ataque de los satélites iraníes en Oriente Medio son requisitos indispensables para restaurar la disuasión global. En lo económico, es urgente acelerar el desacoplamiento selectivo de las cadenas de suministro críticas respecto a China, especialmente en sectores de alta tecnología, minerales raros y principios activos farmacéuticos, reduciendo la vulnerabilidad ante chantajes económicos futuros.

En lo político, Occidente debe reconstruir sus puentes con el denominado “Sur Global” (América Latina, África y el Sudeste Asiático), ofreciendo alternativas de inversión, comercio y seguridad legítimas que compitan igualmente con el capital depredador de China y las ofertas de seguridad autocráticas de Moscú.

La historia demuestra que las coaliciones basadas únicamente en el antagonismo común tienden a fracturarse bajo una presión externa sostenida y cohesionada. El gran peligro actual no es la fortaleza intrínseca del bloque euroasiático, sino la indecisión, la polarización interna y el desgaste de la voluntad política dentro de las sociedades democráticas.

La respuesta que se dé a este eje determinará si el mundo avanza hacia una nueva era de observancia del derecho internacional, al verdadero progreso y a la educación en todas sus formas, y por supuesto a la preservación de la libertad y la democracia o si se hunde en un período de oscurantismo y fragmentación imperialista, autocracia y conflicto bélico perpetuo.

Prof. George Chaya, is a Senior Advisor on Middle Eastern Affairs USA National Security expert OSINT based in Washington DC. Advisor for FHO -Fórum for the Western Hemisphere-

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