“Bienvenidos otra vez a la era nuclear.” La frase ya no suena provocadora ni exagerada. Suena descriptiva. Con la expiración del tratado New START, el último gran acuerdo de control de armas estratégicas entre Estados Unidos y Rusia, el sistema internacional entra en una zona de incertidumbre que no se veía desde el final de la Guerra Fría.
El New START fue firmado en 2010 por el entonces presidente estadounidense Barack Obama y su par ruso, Dmitri Medvédev. Su objetivo era claro: poner un freno a la carrera armamentista nuclear heredada del siglo XX y evitar que la competencia estratégica entre ambas potencias derivara en una escalada sin control. El acuerdo establecía un límite preciso: 1.550 armas nucleares estratégicas desplegadas por país, además de topes sobre misiles intercontinentales, submarinos nucleares y bombarderos estratégicos.

Pero el verdadero corazón del tratado no era solo el número. Eran los mecanismos de verificación. Inspecciones presenciales, intercambio de datos y notificaciones periódicas permitían a cada parte saber qué estaba haciendo la otra. En un escenario de rivalidad estructural, el New START funcionaba como una red mínima de confianza. No eliminaba el riesgo nuclear, pero lo administraba.
El límite burocrático: se terminó
Tras la única prórroga posible de cinco años acordada en 2021, el tratado llegó a su fecha de expiración sin que se lograra una renovación. Desde septiembre, el presidente ruso Vladimir Putin viene reclamando públicamente extender el acuerdo, argumentando que su desaparición debilita la estabilidad estratégica global. Washington, en cambio, adoptó una posición más ambigua: sostiene que cualquier nuevo marco de control nuclear debería incluir a China.
Ese punto es clave. El New START fue concebido como un acuerdo estrictamente bilateral entre las dos mayores potencias nucleares del planeta. Incluir a China implicaría rediseñar por completo el esquema, ya que Pekín posee un arsenal significativamente menor y se resiste a quedar atado a límites pensados para Moscú y Washington. Hasta ahora, la respuesta china ha sido el silencio o la cautela diplomática, acompañada de un dato inquietante: su arsenal nuclear sigue creciendo.
Las cifras ayudan a dimensionar el escenario. Rusia posee actualmente alrededor de 5.400 armas nucleares en total, entre desplegadas y almacenadas. Estados Unidos cuenta con unas 5.200. China, bastante más atrás, tiene cerca de 600, pero con un ritmo de expansión que preocupa a analistas y estrategas militares. El desequilibrio sigue siendo grande, pero la tendencia es clara: el mundo avanza hacia un sistema nuclear más multipolar.

La expiración del New START implica algo concreto y peligroso: por primera vez en más de medio siglo, no existe ningún tratado legalmente vinculante que limite los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia. No hay topes, no hay inspecciones y no hay obligaciones de transparencia. Cada potencia vuelve a depender exclusivamente de su capacidad de inteligencia y de la lectura que haga de las intenciones del otro.
En términos políticos, el retroceso es evidente. Los acuerdos de control de armas fueron uno de los pocos consensos que sobrevivieron incluso a los momentos más tensos de la Guerra Fría. Hoy, en cambio, la lógica dominante vuelve a ser la de la disuasión pura, el cálculo de poder y la amenaza implícita.
Este no es un debate técnico reservado a especialistas en defensa o diplomáticos. Es una discusión central sobre el orden internacional que se está configurando. Un mundo atravesado por guerras regionales, rivalidades geopolíticas crecientes y una erosión sostenida de los mecanismos multilaterales de control.
La desaparición del New START no garantiza una guerra nuclear, pero sí elimina uno de los últimos frenos que existían para evitarla. En política internacional, cuando desaparecen las reglas, lo que avanza no es la estabilidad, sino la incertidumbre.
No se trata de un tecnicismo diplomático ni de un trámite burocrático que venció sin más. Es, en términos históricos, el regreso de una lógica que el mundo creía superada: la del poder nuclear sin límites claros ni controles efectivos.

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