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El Sonido del Hogar (Leo Silva)

Por Poder & Dinero

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Cerca de mi casa hay un cruce de ferrocarril, y de vez en cuando —usualmente en la hora en que la noche es más delgada— el silbido de un tren rompe la oscuridad. Dura solo unos segundos, pero es suficiente.

En ese sonido, algo se abre en el fondo de mi memoria.

Ya no estoy aquí. Estoy de pie otra vez detrás de la casa de mis abuelos, (Mema y Pempa), en Brownsville, Texas, donde las vías pasaban tan cerca que la tierra misma parecía recordar cada tren.

Cuando pasaba, cerca de las cuatro de la mañana, la casa temblaba. Las ventanas vibraban en sus marcos. Los platos se movían levemente dentro de las alacenas. El sonido atravesaba las paredes y entraba en el cuerpo, bajo y pesado, como un trueno que se negaba a quedarse lejos.

Y sin embargo, nunca tuve miedo. Ni una sola vez. En cambio, jalaba la cobija más cerca, volteaba hacia la almohada, y dejaba que el ruido pasara a través de mí. Aun entonces, sin saber cómo nombrarlo, entendía algo esencial: nada podía alcanzarme ahí. No mientras ellos estuvieran en el cuarto de al lado. No mientras esa casa siguiera de pie.

Las noches se alargaban más en esos días. El tiempo no apretaba como aprieta ahora. Se aflojaba, se dejaba llevar. La tarde se deslizaba hacia la medianoche, y la medianoche hacia el borde pálido de la mañana, sin aviso.

El aire cargaba los restos de la cena —arroz con pollo, el aroma suave y tibio de las tortillas de harina hechas a mano. Aún horas después, se quedaba, como si la casa misma se negara a soltarlo.

Me movía por esos cuartos sin duda, sin cuestionar nada. Mema y Pempa no me pedían nada más que estar ahí. En su presencia, no tenía que convertirme en nada. Ya era suficiente.

No lo entendía entonces. Los niños rara vez lo entienden. Aceptamos el amor como aceptamos la luz —sin examinar su origen, sin imaginar su ausencia. Es solo después, cuando el tiempo comienza a hacer su inventario, que reconocemos lo que se nos dio.

Las mañanas comenzaban antes que el sol. Pempa siempre era el primero —el chispazo de un cerillo, el hervor bajo del café al prender, el ritmo constante de algo que ya se cocinaba antes de que el resto de la casa despertara.

La casa ya no existe. La tumbaron, la reemplazaron con algo nuevo, limpio, olvidable.

Pero la ausencia no es lo mismo que el borrado. Permanece —intacta, intocada— en el único lugar que no cede ante el tiempo: mi memoria.

Regreso a ella sin aviso. En medio de un cuarto silencioso. En el espacio entre el despertar y el sueño. En el llamado breve y penetrante de un tren que cruza la oscuridad.

Esa casa nunca fue solo una estructura. Era una frontera contra el mundo. Una pausa dentro de él. Un lugar donde nada se exigía y nada se negaba.

No cambiaría esa casa por nada —ni por comodidad, ni por éxito, ni por todas las distancias que he recorrido desde entonces.

Si hubiera sabido que esas noches se reducirían a memoria, habría tratado de detenerlas. Habría escuchado con más atención. Habría puesto más cuidado en los sonidos comunes —los que nunca piensan en durar.

Ahora tengo sesenta y dos años. Soy abuelo también. Mis nietos me dicen Pampa —un nombre tan parecido al de Pempa que a veces, en la noche, me pregunto si me encontró solo, o si alguna parte de mí lo eligió sin decidirlo.

Y a veces, en las horas tempranas, el tren pasa de nuevo.

Algunos lo oyen como ruido, una intrusión, una ruptura del silencio.

Yo oigo otra cosa. Una distancia que se cierra. Una puerta que se abre. Un recordatorio de que en algún lugar, todavía, esa casa espera en la oscuridad, firme como siempre —esperando darme la bienvenida a casa.

Leo Silva — Escritor y ex agente especial de la DEA.
Durante 28 años integró la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos, con operaciones e investigaciones en la frontera suroeste y en México. Su experiencia en la lucha contra los cárteles mexicanos constituye el trasfondo de buena parte de su obra literaria.

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