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La Dulcería (Leo Silva)

Por Poder & Dinero

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 La gente imagina las asignaciones de alto riesgo como un movimiento constante: puertas que se abren de golpe, radios crepitando, decisiones tomadas en segundos.

La verdad es que, incluso en lugares como Monterrey, había espera. Largos períodos de ella.

La misión nunca desaparecía; se asentaba en el fondo, como un zumbido eléctrico constante.

Durante esas pausas, a veces manejaba hacia un barrio que la mayoría evitaba.

Nada en el exterior llamaba la atención. No había letreros luminosos ni vitrinas.

Solo un portón metálico incrustado en una fachada desgastada. Si no sabías que estaba ahí, podías pasar de largo sin notarlo.

Atravesabas el portón y entrabas a un pasillo angosto, de azulejo, sombreado y silencioso.

El ruido de la calle se diluía detrás de ti. A la mitad del corredor, girabas a la derecha. Solo entonces aparecía la entrada.

La dulcería.

Había sido una casa, y aún lo parecía. El frente funcionaba como tienda; la elaboración ocurría en la parte trasera, donde las ollas hervían y las charolas se enfriaban sobre mesas de acero inoxidable.

La familia llevaba más de veinte años en el negocio. Todo se hacía ahí mismo: leche quemada vertida en moldes, obleas cuidadosamente apiladas, galletas rellenas de caramelo alineadas en filas precisas.

Mis favoritas eran las gorditas de cajeta, todavía tibias, con el relleno suave en el centro.

En cuanto cruzabas la puerta, el aire cambiaba.

El chocolate abría paso—oscuro y cálido—pero estaba entrelazado con vainilla, canela, fresas trituradas, mango maduro, duraznos que perfumaban la habitación. Los aromas no flotaban; te envolvían.

Entraban en los pulmones y se asentaban ahí, inmediatos y vivos, como si el cuerpo reconociera algo antes que la mente.

Debajo de la dulzura surgía el sonido. El golpeteo metálico de las charolas.

El zumbido constante de la máquina mezclando chocolate. Desde la escuela, al otro lado de la calle, la risa de los niños se filtraba por la puerta abierta y resonaba débilmente por el pasillo sobre las alas del viento.

Era una sinfonía ordinaria—azúcar, metal, maquinaria, niños—pero en ese barrio parecía casi un acto de desafío.

Sin darme cuenta, los hombros se me relajaban. La vigilancia que ya era instinto cedía un poco.

Por unos minutos, la ciudad aflojaba su agarre.

Paco supervisaba todo con serenidad. Su familia manejaba el negocio como siempre lo había hecho: sin espectáculo y sin prisa.

Había orden en todas partes: filas enfriándose sobre las charolas, canastas que se llenaban y se volvían a llenar, superficies limpias y listas para el siguiente lote. Producción, no exhibición.

A pesar de estar en el corazón de uno de los barrios más peligrosos de Monterrey, la tienda nunca fue molestada por el crimen organizado. La familia era conocida.

Habían servido a la comunidad durante décadas. No causaban problemas. Trataban a todos con respeto.

En una ciudad marcada por el miedo, la reputación aún tenía peso. La decencia, al parecer, funcionaba como una especie de armadura.

Cuando venían visitas de alto nivel desde Washington, los llevaba ahí. No por espectáculo. No como desvío cultural.

Quería que sintieran el ritmo de las calles más allá de los informes y los resúmenes de inteligencia.

Que vieran que, incluso en colonias marcadas en los mapas por otros motivos, las familias seguían trabajando, cocinando, riendo y abriendo sus puertas.

Caminar por esas calles me recordaba al barrio de mis abuelos en Brownsville, Texas.

De niño, podía saber qué preparaba cada casa con solo pasar frente al portón: frijoles hirviendo, carne friéndose, tortillas calentándose en el comal. El aire cargaba la historia de cada hogar antes de que nadie hablara.

Esa misma intimidad vivía aquí. Al principio me desconcertó; luego me dio firmeza.

Desde la escuela, la risa de los niños llegaba en ráfagas—nítida, despreocupada, sin filtros.

A veces los observaba desde el portón, corriendo sin dudar, gritando sin calcular.

Su alegría me parecía frágil. No porque fuera débil, sino porque era intacta.

Por un momento, los envidié.

No fue culpa lo que siguió, sino reconocimiento. Las cargas que llevamos de adultos no piden permiso antes de instalarse.

Algunas se eligen. Otras no. La inocencia, una vez entregada, no regresa.

De pie en la entrada de una dulcería, entendí que nunca volvería a habitar el mundo como ellos.

Al final, regresaba por el pasillo angosto y cruzaba de nuevo el portón hacia calles que conocía demasiado bien.

La vigilancia volvía con facilidad. Siempre lo hacía.

La risa de los niños se desvanecía detrás de mí, sustituida por el zumbido familiar de la responsabilidad.

No resentía la vida que había elegido. Pero ahí, en el umbral, respirando chocolate y canela, entendí algo con claridad: la inocencia no se pierde de golpe. Se entrega, pedazo a pedazo, a la experiencia.

La dulcería no me devolvió lo que el tiempo había tomado.

Solo me recordó que alguna vez fue mío. Y por eso, estoy agradecido.

Leo Silva es exagente residente a cargo de la DEA (Oficina Residente de Monterrey) y autor de Reign of Terror y El Reinado del Terror. Con décadas de experiencia en primera línea en la lucha contra los cárteles transnacionales, Silva nos acerca a algunas de las operaciones más peligrosas dirigidas contra líderes y organizaciones de cárteles de alto valor

 

Nota del Autor

Esta reflexión nace de un lugar muy específico y, al mismo tiempo, universal. En medio de entornos complejos y de alta tensión, aprendí que el ser humano busca pequeños espacios donde el mundo recupere sentido, aunque sea por minutos.

La dulcería no fue una evasión de la realidad. Fue un recordatorio de ella en su forma más sencilla: trabajo honesto, comunidad, infancia, aroma a chocolate y risa de niños. A veces, eso basta para sostenernos.

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