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La enseñanza y el legado político del 11-S lamentablemente no ha tenido la real magnitud de lo sucedido (George Chaya)

Por Poder & Dinero

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Una vez ocurridos los ataques del 11 de septiembre, hubo grandes afirmaciones de que "todo sería diferente" y que "el mundo había cambiado". Occidente se vio obligado a enfrentarse a una ideología desconocida, escondida en cuevas geográficamente distantes desde las que un hombre barbudo hasta entonces desconocido y fanático lanzaba diatribas incomprensibles sobre los cruzados y los judíos. 

Lo que un par de años después en titule en mi libro como “La yihad global, el terrorismo del siglo XXI”, había llegado para quedarse, aunque pocos sabían de qué se trataba esa palabra que comenzó a escucharse repetidamente en occidente.

Por un lado, Estados Unidos tuvo que reorientar su política exterior de manera dramática; por otro, muchos analistas tuvieron que comenzar a estudiar un fenómeno desconocido que los excedía. Sin embargo, a veinticinco años de ocurrido aquel evento criminal, es necesario evaluar ciertos interrogantes.

¿Realmente el mundo cambió políticamente en esa fecha y por ese evento inesperado? La respuesta es: No. Todo lo sucedido a posteriori era claro que iba a ocurrir, solo los desinformados o ignorantes sobre Oriente Medio podían pensar diferente y muchos no solo lo siguen pensando, sino que lo dicen sin sonrojarse. 

Otra pregunta no menos importante es: ¿Qué magnitud tuvo el legado histórico de Usama bin Laden? La respuesta es: no mucha.

En mi opinión, si trazamos una línea de tiempo y en una perspectiva histórica sumamos otros veinticinco años a los que ya han transcurrido, en lo que sería medio siglo, Al-Qaeda será visto como un mero bache en la historia o una desviación doctrinal dentro del mundo árabe islámico. 

Bin Laden tuvo suerte ese día y realizó un ataque ciertamente devastador. Lo hizo para los medios de prensa, y no cabe duda que obtuvo éxito. Obligó a los Estados Unidos a reaccionar con todo su poder convencional disponible, el presidente George W. Bush no tuvo alternativa, intervino Irak y convirtió, sin desearlo, al antiamericanismo occidental en una profecía autocumplida.

Aunque la forma de ese islamismo radical que simbolizaba Al-Qaeda en aquellos días atrajo a una minoría de musulmanes violentos y ansiosos por llevar la yihad a Occidente, nunca representó una tendencia social dominante en el Oriente Medio, más allá de la existencia real de "bolsones de odio" hacia los Estados Unidos dentro del islam. La historia más amplia y devastadora que surgió y tomó forma a finales de aquella década para el mundo árabe fue el fracaso estrepitoso en que resultaron las Primaveras Árabes, no el éxito de un ataque de la envergadura que encarnó el golpe a las Torres Gemelas.

La opinión pública europea y también los propios ciudadanos estadounidenses no entendían lo que había sucedido, más allá del horror y el asombro y pensaron que el mundo había cambiado después del 11 de septiembre.

Los ataques al World Trade Center involucraron el asesinato de más de 3.000 seres humanos, aunque las cifras oficiales hoy continúan indicando el número de 2977 personas, en lo que constituyó un acto nihilista que podría haber cobrado la vida de 10 o 100 veces más víctimas, pero a los musulmanes que ejecutaron el ataque no les resultaba relevante la cantidad de víctimas, aunque a más mejor, lo verdaderamente importante para el mundo islámico y que dio lugar a semanas de festejos, fue el golpe infligido en el corazón mismo del “Gran Satán”.

La amenaza del uso de armas de destrucción en masa había existido durante mucho tiempo, pero hasta ese momento nadie parecía lo suficientemente malvado como para utilizarlas de esa manera. En los días posteriores a los ataques, cada persona reflexiva comenzó a entender cuán vulnerables eran las sociedades tecnológicas modernas, eso sí significo un cambio relevante en Occidente.

Sin embargo, resultó que una vez que la comunidad de inteligencia y seguridad internacional se volcó a centrarse en el problema del terrorismo yihadista que encarnaba Al-Qaeda y sus grupos satelitales que pivotean dentro de sus ideas, entonces fue posible montar cierta defensa ante el flagelo. 

El hecho de que no haya habido ataques posteriores en suelo estadounidense no fue por falta de intentos; muchos fueron descubiertos, neutralizados y abortados antes de que pudieran ser ejecutados. Lo cierto es que a veinticinco años del aquel crimen masivo, la posibilidad verdaderamente aterradora sigue siendo el acceso de los terroristas a las armas nucleares o biológicas, pero la ruta hacia estas capacidades no es tan fácil para grupos como el residual de Al-Qaeda, Hezbollah, Hamas o los grupos terroristas que orbitan en torno a la ideología islamista.

Usama bin Laden

El verdadero problema fue político, las sociedades democráticas suelen reaccionar temerosa y exageradamente ante la amenaza del terrorismo. Habría sido muy difícil para una administración estadounidense de cualquier color político, decir al público la verdad después del 11 de septiembre, es decir, que la civilización occidental no estaba enfrentando una amenaza existencial de Al Qaeda, sino el amanecer de una larga lucha militar, policial y de las agencias de inteligencia.

La administración Bush hizo lo contrario, elevó la "guerra contra el terrorismo" al nivel de las luchas del siglo XX contra el fascismo y el comunismo y justifico su intervención en Irak en distintos motivos. Sin embargo, al descuidar Afganistán, Siria e Irán y ocupar Irak, convirtió a esos países en imanes para el reclutamiento de nuevos terroristas.

El 11 de septiembre generó muchas teorías en dirección al mundo árabe musulmán en el marco de una tendencia global abortada hacia la democracia.

Así, hoy podemos ver claramente en este presente que esta región configuraba un área donde la administración Bush tenía razón: no había ningún obstáculo cultural o religioso para la difusión de ideas democráticas en el Oriente Medio; solo, tenía que surgir a través de la propia iniciativa de sus pueblos y no como un regalo de un poder extranjero, pero considerando lo sucedido en las fallidas primaveras árabes debían ser ayudados frente a sus gobiernos dictatoriales (laicos o teocráticos). Incluso si la democracia no emergió rápidamente en lugares como Egipto y Túnez, las movilizaciones populares que hemos visto señalan una tendencia social clave y aglutinante mucho más poderosa que cualquier cosa que Bin Laden o Zawahiri (quienes ya no están en este mundo) pudieran reunir.

El 11 de septiembre tendrá más legados. Al-Qaeda, sus residuales y afiliados continúan operando y aún pueden tener éxito en derribar un avión o explotar un coche bomba en un centro comercial. Pakistán, con su arsenal de armas nucleares es el lugar más aterrador donde actualmente Al-Qaeda lleva años pretendiendo reestablecerse, de tener éxito, Pakistán seria la parte más peligrosa del mundo islámico, incluso más que Irán donde las tendencias han ido en la dirección equivocada por los destrozos de la guerra en curso con EE.UU. e Israel, que han debilitado al régimen, y pesar que el curso de esa guerra puede resultar poco favorable para Teherán, más allá de los daños que pueda ocasionar a sus enemigos antes de que la guerra acabe.

En los países occidentales, la desconfianza hacia los musulmanes ha crecido desde el 11 de septiembre de 2001, como lo demostró dentro mismo de los Estados Unidos la controversia durante los finales de la administración del presidente Obama sobre lo que se denominó la mezquita "Ground Zero"; lo mismo está sucediendo con el surgimiento de partidos populistas antinmigrantes en Europa. Los líderes comunitarios y religiosos musulmanes de todo el mundo claramente no han ayudado. Cada vez que se necesitó firmeza en sus denuncias contra los grupos terroristas cuyos operativos son musulmanes todo lo que se escuchó decir de ellos es que "esa gente no representa al islam" y "que no son el verdadero islam". Muy poco, muy simplista, y pobre de toda pobreza intelectual ha sido el aporte de esos líderes islámicos para evitar la ya difícil integración de las comunidades de inmigrantes musulmanes con la desconfianza estadounidenses profundizada y cuya aceptación de parte de países que históricamente los acogía sin prejuicios en Europa, y en el presente manifiestan mayor rechazo a esas corrientes migratorias.

Desde el 11 de septiembre de 2001, el hecho histórico mundial más importante ha sido el ascenso de las minorías ruidosas del islam político y su preeminencia sobre el todo de la fe islámica de la mayoría silenciosa de musulmanes que profesan su religión en paz. Ese ha sido el impacto más negativo, cuyo desarrollo se sentirá casi con certeza dentro de 50 años o más. ¿Si alguien recordará a Osama bin Laden y Al-Qaeda en ese momento? Eso es un asunto diferente, improbable y sin duda carente de relevancia.

En materia política, casi diez años después. En mayo de 2011, un comando de operaciones especiales estadounidense eliminó a Usama bin Laden en su escondite de Abbottabad, Pakistán. La operación se llevó a cabo bajo la orden directa del presidente Barack Obama, esta decisión grotesca y amateur evitó un juicio formal que habría significado un juicio legal -televisado para todo el mundo- con todas las garantías procesales de rigor para el imputado, en lo que hubiera sido un acto de justicia histórica y reparadora para miles de familias y para las propias víctimas, el resultado de la sentencia y la pena no hubiera cambiado pero hubiera sido muy diferente, ya que el presidente Obama negó a los estadounidenses con esa orden de eliminar al terrorista de inmediato sin enfrentar un proceso judicial público, desaprovecho la oportunidad legal y mediática para “deslegitimar por completo la ideología del yihadismo global escuchando al criminal y a sus argumentos injustificables”.

El presidente Obama hizo mucho daño con esa decisión de justicia inmediata en la lucha contra el terrorismo, Bin Laden pudo ser detenido con vida y de haber sido arrestado, habría tenido que enfrentar un tribunal formal (similar a los Juicios de Núremberg o al proceso contra Saddam Hussein) y un juicio público era la única herramienta capaz de deslegitimar la narrativa yihadista ante el propio mundo islámico, exponiendo los crímenes del líder y desmitificando su figura. Al ordenar matarlo directamente, Obama impidió con supina ignorancia que rindiera cuentas ante la ley y se destruyera la base doctrinal y argumental del yihadismo que él simbolizaba y desperdicio la oportunidad de ayudar a los musulmanes del mundo que asisten a sus mezquitas a profesar en paz y armonía su fe.

 

*Prof. George Chaya, is a Senior Advisor on Middle Eastern Affairs USA National Security expert OSINT based in Washington DC. Advisor for FHO -Fórum for the Western Hemisphere-

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