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Lo que nadie quiere decir en voz alta sobre Venezuela

Por Poder & Dinero

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Hay una pregunta que los venezolanos nos hacemos en voz baja, casi con culpa, como si formularla en voz alta fuera una traición a todo lo que sufrimos. La pregunta es esta: ¿y si la transición que nos están vendiendo no es para nosotros?

No la hago desde el cinismo. La hago desde el mismo lugar donde muchos de ustedes la sienten pero no la dicen: desde el alivio genuino que trajo el 3 de enero, mezclado con una incomodidad que no termina de irse, que se instala en el pecho como una piedra pequeña pero pesada.

Maduro se fue. O más exactamente: lo sacaron. Y eso importa. Claro que importa. Después de años de represión documentada, de más de siete millones de desplazados, de presos políticos torturados, de elecciones robadas, de hambre institucionalizada — cualquier ruptura con ese régimen merece ser reconocida. No voy a ser el periodista que no puede celebrar nada.

Pero celebrar no es lo mismo que dejar de mirar.


El nuevo poder tiene nombre y apellido

Tres meses después de la captura de Maduro, Venezuela tiene una presidenta que no fue elegida por nadie. Delcy Rodríguez llegó al cargo gracias a tres páginas de una sentencia exprés del Tribunal Supremo, redactadas en horas, que inventaron la figura jurídica de «ausencia temporal» para una situación que la Constitución venezolana nunca contempló: que el presidente fuera sacado del país por fuerzas militares extranjeras.

No hubo elección. No hubo referendo. No hubo siquiera el mecanismo constitucional que habría activado elecciones en 30 días. Hubo tres páginas, un fallo de madrugada, y continuidad del chavismo con otra cara.

Lo que más llama la atención no es eso. Es que Washington lo avaló.

Trump dio el visto bueno a que el chavismo se mantuviera en el poder con una nueva figura al frente con la anuencia tácita de una administración que se presentó al mundo como la liberadora de Venezuela. La misma administración que hoy negocia con Rodríguez el flujo petrolero, el acceso de empresas extranjeras al mercado venezolano y el calendario electoral que, según un abogado constitucionalista consultado por El País, llegará «cuando lo ordene el gobierno estadounidense».

Eso no es una transición democrática. Es una transición administrada. Y la diferencia no es semántica.


Los números que nadie celebra

El Foro Penal, la organización de derechos humanos más rigurosa en el seguimiento de presos políticos venezolanos, reportó el 11 de abril que 485 personas siguen detenidas, y denunció que la Ley de Amnistía opera como un «embudo» que demora las liberaciones en lugar de agilizarlas. Rodríguez, por su parte, ha declarado públicamente que más de 8,000 personas fueron beneficiadas por la amnistía. Pero como también señala Foro Penal, la mayor parte de esa cifra corresponde a personas que ya gozaban de medidas de libertad condicional. El Estado venezolano, tres meses después, aún no ha publicado un listado oficial con los nombres de los beneficiarios — algo que incluso el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos ha pedido formalmente.

Estos no son detalles técnicos. Son el termómetro real de una transición. Cuando un régimen que dice estar cambiando no puede publicar la lista de los presos que liberó, hay algo que no cuadra.


La diáspora como espectadora

Desde Columbus, Ohio, la historia se ve diferente. Aquí viven venezolanos que llevan años esperando. Que tienen casos de asilo abiertos. Que tienen familiares que no pueden regresar. Que celebraron el 3 de enero con arepas y lágrimas en restaurantes de High Street — y que tres meses después siguen sin saber si pueden volver a su país, si sus casos migratorios cambiarán, si el nuevo orden en Caracas les devuelve algo concreto o solo un relato más esperanzador que el anterior.

La diáspora venezolana es la más grande de América Latina: más de siete millones de personas distribuidas por el mundo. Es también la más ignorada en las negociaciones. Nadie le preguntó a los venezolanos de Columbus qué quieren de esta transición. Nadie le preguntó a los que llevan diez años en el limbo del asilo si el acuerdo entre Washington y Rodríguez cambia algo en su situación legal. Nadie, salvo quizás Incisos, va a seguir haciéndolo.


La pregunta que vale la pena hacerse

Hay analistas que describen a Delcy Rodríguez cumpliendo un «triple papel»: salvadora del chavismo originario, representante de los intereses geoestratégicos de Washington, e iniciadora de una apertura que podría eventualmente llevar a una transición política. Es una descripción elegante. También es una descripción que deja sin responder la pregunta más importante: ¿transición hacia qué, y para quién?

Porque si la respuesta es «hacia una economía abierta al petróleo internacional, con el chavismo administrando la estabilidad política hasta que haya certidumbre jurídica suficiente para que las empresas inviertan» — eso no es lo que el 90% de los venezolanos dijo que quería cuando salió a votar en julio de 2024. Eso es otra cosa. Es un acuerdo entre poderes que usa la palabra democracia como marketing.

Y los venezolanos, después de todo lo que vivieron, merecen algo más que marketing.


Alfredo Yánez Mondragón es periodista, editor de Incisos.com y autor de «El Sistema no te lo explicó», «El Banco no te lo explicó» y «Before the Border». Escribe desde Columbus, Ohio.

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