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Lo que permanece (Leo Silva)

Por Poder & Dinero

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Hay cosas en este mundo que no terminan cuando deberían.

Nos gusta creer que cuando un hombre muere—especialmente un hombre como Pablo Escobar—su historia muere con él. Que el daño que causó queda enterrado con su cuerpo, sellado en la historia, analizado, debatido y, eventualmente, dejado atrás.

Pero no funciona así.

No en Colombia. No en ningún lugar donde la violencia ha echado raíces lo suficientemente profundas como para alterar la tierra que toca.

En las tierras bajas cercanas al Río Magdalena, hay hipopótamos.

No pertenecen a ese lugar.

Se mueven por el agua con una especie de autoridad silenciosa, como si siempre hubieran formado parte del ritmo del río. Pero no es así. Son una intrusión—un eco de algo que comenzó lejos de la corriente que ahora alteran.

Fueron traídos hace décadas a un lugar llamado Hacienda Nápoles, donde el exceso adquirió vida propia. Cuatro animales. Un capricho. Un gesto que, en su momento, debió parecer insignificante frente a la magnitud de todo lo demás.

Cuando el imperio colapsó, cuando el hombre en el centro de todo desapareció, los hipopótamos permanecieron.

Nadie los reclamó.

Nadie los controló.

Nadie supo realmente qué hacer con ellos.

Así que se quedaron.

Y con el tiempo, se multiplicaron.

Hay algo inquietante en ese tipo de permanencia.

No por lo que son, sino por lo que sugieren.

Existe una vieja historia sobre un hombre que trajo algo al mundo sin comprender del todo en qué se convertiría. Algo que, una vez puesto en marcha, no podía simplemente deshacerse. No desapareció cuando su creador dejó de existir. Permaneció. Se movió por sí mismo. Y con el tiempo, se convirtió en una carga que otros tuvieron que llevar.

En Colombia, esa idea no pertenece a la ficción.

Los hipopótamos no son violentos de la manera en que lo son los hombres. No conspiran, no corrompen, no trafican con el miedo. Simplemente existen—masivos, indiferentes, guiados por sus instintos en un lugar que nunca fue destinado para ellos.

Y, sin embargo, su presencia lo altera todo.

El agua cambia.

El equilibrio se desplaza.

El orden natural se dobla en formas casi imperceptibles.

Son, a su manera, una consecuencia.

Una que sigue viva.

Pero hay otra verdad que convive con esa realidad.

Los hipopótamos no eligieron esta tierra.

No eligieron este río.

Y tampoco lo hicieron las personas que ahora conviven con ellos.

Las comunidades a lo largo del Río Magdalena no pidieron esta intrusión, así como los animales no eligieron formar parte de ella. Ambos fueron colocados dentro de una misma consecuencia—unos por instinto, otros por circunstancia.

Ambos, a su manera, son inocentes.

Uno se adapta porque debe.

El otro resiste porque no tiene alternativa.

Y en algún punto entre ambos yace el peso silencioso de una decisión tomada hace mucho tiempo por un hombre que ya no está aquí para responder por ella.

He pasado suficiente tiempo observando las secuelas de las cosas como para reconocer el patrón.

Hubo una noche, hace años, que nunca terminó de irse.

No apareció en los titulares. No hubo cámaras ni urgencia más allá de las personas que estaban en ese cuarto. Solo una familia—o lo que quedaba de ella—sentada en silencio mucho después de que todo lo que podía decirse ya se había dicho.

El hombre que buscábamos ya no estaba.

El daño que dejó atrás, sí.

Recuerdo la forma en que se sentía el aire. No era ruido. No era caos. Era algo más profundo. Como si algo hubiese sido arrancado de ese espacio… y nada pudiera ocupar su lugar.

Nadie pidió explicaciones.

Nadie las necesitaba.

Lo que permanecía no era el operativo, ni el resultado.

Era la certeza de que lo que había comenzado mucho antes de esa noche no iba a terminar ahí.

He visto cómo un acto de violencia rara vez se limita a una sola persona.

Se expande.

Alcanza a las familias, a los amigos, a las relaciones. Se instala en los espacios más íntimos y los transforma de maneras que no siempre son visibles, pero que siempre están presentes.

Lo que se pierde no es solo una vida, o un momento, o una sensación de seguridad.

Es la continuidad.

Y lo que queda es una ausencia que no se llena. Una especie de vacío que no responde al tiempo.

Con los años, he llegado a entender que ahí es donde realmente se deposita el peso de la violencia. No en el acto mismo, sino en lo que deja detrás.

Y no creo que quienes ponen estas cosas en marcha alguna vez se detengan a pensar en eso.

Los hipopótamos, en su forma silenciosa, reflejan esa verdad.

No son responsables de lo que los llevó hasta allí. No eligieron la tierra ni el río. Son participantes inocentes en una historia que comenzó mucho antes que ellos.

Y, sin embargo, permanecen.

Aumentan en número.

Extienden su alcance.

Se convierten en parte de un paisaje que ahora debe aprender a convivir con ellos.

Un recordatorio—no del hombre en sí—sino de la alteración que dejó atrás.

A menudo nos enfocamos en el ascenso y la caída. En el poder. En la violencia. En la mitología que se construye alrededor de hombres como Escobar.

Pero esas cosas, eventualmente, se desvanecen.

Lo que no se desvanece es lo que pusieron en marcha.

El residuo.

El desequilibrio.

Las consecuencias silenciosas y persistentes que nadie puede deshacer por completo.

Mucho después de que los titulares desaparezcan, mucho después de que las historias hayan sido contadas una y otra vez, el río continúa su curso.

Y dentro de él, algo permanece.

No es estridente.

No es dramático.

Pero es innegable.

Una presencia que no pertenece…

y, sin embargo, se niega a desaparecer.

Yo también cargo con algo así. No del mismo río, no de la misma tierra.

Pero reconozco el peso. Lo he llevado conmigo desde aquella noche, desde todas las noches como aquella.

Y he aprendido que ciertas cosas no se resuelven—simplemente encuentran la forma de seguir moviéndose contigo.

Leo Silva es ex agente especial a cargo de la DEA (Oficina de Monterrey) y autor de Reign of Terror y El Reinado de Terror. Con décadas de experiencia en la primera línea de la lucha contra los cárteles transnacionales, Silva ofrece a los lectores una mirada íntima a algunas de las operaciones más peligrosas dirigidas contra líderes y organizaciones de alto nivel.

Desde la publicación de sus memorias, Silva se ha convertido en una voz reconocida en los medios y en el circuito de conferencias. Su historia y sus análisis han sido presentados en entrevistas con el periodista ganador del Premio Pulitzer Jorge Ramos en Univision (Así veo las cosas), el periodista tres veces ganador del Emmy Paco Cobos (La Entrevista), y Ana Paulina (Voces con Ana Paulina), donde su participación generó millones de reproducciones. También ha sido invitado en plataformas destacadas como el pódcast Cops and Writers con Patrick J. O’Donnell, Game of Crimes con Steve Murphy y Llamados a Servir con Roberto Hernández.

A través de sus libros, conferencias y apariciones en los medios, Silva continúa iluminando las realidades del crimen organizado, la labor de las fuerzas del orden y el costo humano de la guerra contra las drogas, al mismo tiempo que comparte lecciones de resiliencia, liderazgo y veracidad.

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Sergio Berensztein, Fabián Calle, Pedro von Eyken, José Daniel Salinardi, William Acosta, junto a un destacado grupo de periodistas y analistas de América Latina, Estados Unidos y Europa.

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