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Por qué Israel necesita una Constitución y no solo otra elección (Miguel Steuermann)

Por Poder & Dinero

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Cambiar es muy difícil en lo personal y en lo colectivo.

Hay cifras oficiales y hay realidad.

Las cifras oficiales dicen que hay alrededor de un millón de israelíes viviendo afuera. Si contamos a sus hijos y a los que están en el limbo de "me fui a probar", estamos entre 1,1 y 1,2 millones de israelíes viviendo afuera.

En otra época los llamaban traidores, yordim. Hoy cada familia israelí y cada familia de la diáspora tiene uno.

Y acá viene el segundo dato que no podemos ignorar más.

En el mundo somos 15,8 millones de judíos. En Israel viven hoy unos 7,2 millones de judíos - sobre una población total de casi 10 millones -, y 8,5 millones de judíos vivimos en la diáspora. De esos, unos 7 millones somos judíos que no somos ciudadanos israelíes. Vivimos en EE.UU Francia, Argentina, Canadá, Inglaterra.

Y no pocas veces, los intereses del gobierno de Israel no son coincidentes con los intereses de los judíos en los países donde residimos.El antisemitismo sube acá, no allá.

Esa es la asimetría brutal que el 7 de octubre expuso. Somos parte integral del destino judío en los discursos pero no tenemos ningún mecanismo de participación real. Solo para aplaudir o para donar.

Lo digo desde afuera, como judío de la diáspora que no es ciudadano israelí y que ama a Israel: el sistema político israelí, heredado del modelo parlamentario británico, ha dejado de funcionar. Y nos afecta a todos.

Esta será la sexta elección desde 2019. La de 2022 fue la quinta en menos de cuatro años. Esta, la del 27 de octubre de 2026, es la primera desde 2019 que llega a término porque este gobierno, el 37º, logró cumplir su mandato completo. Que tengamos que festejar que un gobierno termine su período legal muestra la profundidad de la crisis.

¿Por qué pasa? Porque el bajo número de firmas para inscribir un partido y el piso de apenas 3,25% para entrar a la Knesset, en un país dividido en múltiples sectores minoritarios, pervirtió el sistema. Quedó atrapado en la imposibilidad de gobernar para las mayorías. Esos pequeños partidos son la clave para conformar gobierno, tienen a la coalición cautiva y rehén y se transforman en más poderosos que el primer bloque electo.

Lo que en su momento fue bueno, ha dejado de funcionar. Y casi ningún partido habla de esto en su plataforma para el 27 de octubre. Se sigue el principio de vamos que sigue.

Miremos la historia para entender la dimensión:

Para la primera elección a la Knesset, el 25 de enero de 1949, en plena Guerra de Independencia, estaban habilitados 506.567 ciudadanos y votaron 440.095, el 86,88%. Mapai 46 bancas, Mapam 19, Frente Religioso Unido 16 y Herut 14. Era un país en nacimiento que luchaba por sobrevivir. La política no era el tema. Sobrevivir era el tema.

Para esta elección del 27 de octubre de 2026 hay 7.336.553 habilitados, en 12.018 mesas. Se presentaron 38 listas. Con la fragmentación actual, 30.000 votos pueden paralizar al país otros dos años.

Acercándose a los 80 años, Israel requiere lo que nunca tuvo: una Constitución y un sistema político diferente.

Una Constitución no es un lujo de juristas. Es lo que protege a la mayoría de la minoría y a la minoría de la mayoría. Pone reglas de juego que no se cambian cada martes a la noche para salvar a un ministro. Hoy Israel se gobierna con Leyes Básicas que cualquier mayoría ocasional de 61 puede dar vuelta. Eso no es estabilidad. Es anarquía legalizada.

Y requiere un sistema que no premie la fragmentación extrema. Un umbral del 5 o 7% si se sigue con el modelo parlamentario.

Sobre la diáspora, el mundo ya inventó modelos: Francia elige 11 diputados y 12 senadores de sus ciudadanos en el exterior. Italia 8 y 4 en cuatro circunscripciones mundiales. Portugal, Croacia, Colombia, Ecuador con 6, República Dominicana con 7. No es excentricidad. Es la norma en países con diáspora.

Hace 25 años fui convocado a Kol Dor, diseñada por brillantes jóvenes israelíes que convocaron a jóvenes judíos del mundo. Ya entonces propusimos que el Presidente de Israel, figura simbólica por encima de la política, fuera electo por todo el pueblo judío. Una manera de que los 8,5 millones de la diáspora sintiéramos que participamos en algo y que obligaba a los candidatos a salir a hacer campaña por el mundo judío y, sobre todo, a conocerlo y escucharlo.

Hay propuestas más drásticas: que un 20% de la Knesset sea electa entre judíos de la diáspora y los israelíes en el exterior.

Todo requiere debate. Pero por sobre todo requiere tomar conciencia de que el modelo que funcionó ayer puede no ser el adecuado hoy, y de que hay 7 millones de judíos afuera cuyos intereses no siempre coinciden con los del gobierno de turno en Jerusalem y que merecen un canal institucional, no solo emocional.

Y acá quiero cerrar con esto:

El arte de la política es exclamar que se quiere cambiar para no cambiar nada, o para cambiar solo si me beneficia. Es el arte de la supervivencia del día a día.

El arte de los estadistas es otro. Es reconocer los problemas de fondo y plantear soluciones pensando en las próximas décadas y en las próximas generaciones, aunque cueste votos hoy.

Israel tuvo estadistas en 1949 que fundaron un Estado sin Constitución porque había que sobrevivir. Hoy, a los 80, necesita estadistas que tengan el coraje de proponer una Constitución y un nuevo pacto político y social.

Tal vez sea momento de que Israel no solo vote por partidos, sino que proponga a su población opciones de futuro a ser votadas en referéndum. Constitución sí o no. Sistema electoral. Voto de la diáspora. Como hacen las democracias serias cuando lo que está en juego no es un gobierno, sino el país.

Miguel Steuermann, Director de Radio JAI, la radio de la comunidad judía de América Latina

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