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Sí, celebremos: cayó Maduro

Por Uriel Manzo Diaz

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¿importa hoy el derecho internacional cuando durante años fue sistemáticamente ignorado frente a Venezuela?
¿Importa ahora, cuando las denuncias fueron constantes, cuando los informes se acumularon, cuando las atrocidades estuvieron documentadas y aun así el sistema internacional eligió mirar hacia otro lado?

Durante más de una década, Venezuela vivió bajo un régimen que anuló libertades básicas, persiguió opositores, encarceló dirigentes políticos, utilizó la tortura como método de disciplinamiento y empujó a millones al exilio. Nada de esto fue secreto. Nada ocurrió en la oscuridad. Hubo informes de la ONU, de la OEA, de organizaciones internacionales de derechos humanos. Hubo testimonios, nombres, fechas, víctimas. Y, sin embargo, las condenas reales fueron escasas, tardías y muchas veces tibias.

La ONU no funcionó. O, peor aún, miró para otro lado.
La mayoría de los Estados no condenó con firmeza.
Los organismos multilaterales emitieron comunicados tibios mientras la vida cotidiana de millones de venezolanos se volvía directamente inhumana.


¿por qué ahora sí?
¿por qué ahora aparecen los defensores de la legalidad, de la soberanía y del orden internacional?
¿Dónde estaba el derecho internacional cuando se cometía fraude en las elecciones?
¿Dónde estaba cuando había presos políticos?
¿Dónde estaba cuando la censura impedía incluso ver noticias por televisión?
¿Dónde estaba cuando la tortura se volvió cotidiana para miles de venezolanos?

La ONU existe, sí. El derecho internacional existe, también. Pero su capacidad de respuesta frente al régimen de Nicolás Maduro fue, en el mejor de los casos, insuficiente. Por falta de voluntad política. Muchos Estados prefirieron la neutralidad cómoda, el silencio estratégico o el relativismo ideológico antes que una condena clara y sostenida.

Cuando Maduro cae, el debate parece girar abruptamente hacia la legalidad del procedimiento, los riesgos, los precedentes y, casi de manera automática, el petróleo.
¿De verdad esa es la prioridad ahora?
¿De verdad el centro del debate debe ser si Estados Unidos se beneficia económicamente, cuando durante años nadie se movilizó con la misma intensidad por las vidas destruidas?

También se repite otra frase peligrosa: “los venezolanos tenían que arreglárselas solos”.
¿Solos cómo?
¿Cuando no podían hablar con libertad?
¿Cuando protestar implicaba cárcel, exilio o muerte?
¿Cuando ni siquiera podían informarse porque la censura era total?

No se trata de negar que existan intereses geopolíticos. Sería ingenuo hacerlo. Tampoco de dejar de observar críticamente el rol de Estados Unidos a partir de ahora. Eso es necesario y saludable. Pero reducir décadas de sufrimiento a una discusión sobre recursos naturales es deshumanizar lo vivido.

Hoy, para millones de venezolanos, lo que importa es que el hombre que los sometió durante años ya no está en el poder. Que se abre —por primera vez en mucho tiempo— una posibilidad de transición. Difícil, incierta, llena de riesgos, sí. Pero real.

Anaís Castro, venezolana en Argentina, lo expresó con una claridad que incomoda a varios:

“Si yo siento una justicia amarga, porque por lo menos a ese dictador y asesino se lo lleven de mi país, permítanme celebrar, permítanme ser feliz, que a nosotros nos han quitado demasiado”.
“No nos contaminen la alegría de sentir que se hace un poquito de justicia. No nos la quiten”.
“Yo no sé cuál es nuestro futuro, pero conozco muy bien nuestro pasado”.

Eso es lo que muchos no quieren escuchar; que hay pueblos a los que les quitaron tanto, durante tanto tiempo, que celebrar una caída no es frivolidad, es supervivencia emocional.

Hay, además, una memoria selectiva que resulta imposible de ignorar. Se invoca con fuerza y con razón la dictadura argentina como bandera política, como símbolo del “Nunca Más”. Pero cuando se trata de una dictadura actual, viva, operando hoy, ese compromiso desaparece o se relativiza. Se la justifica, se la minimiza o directamente se la niega.

No todo es blanco o negro, es cierto. Pero hay líneas que no deberían cruzarse. Una de ellas es justificar o relativizar una dictadura en nombre de una supuesta coherencia ideológica.

Maduro fue capturado.
Eso no resuelve todo.
No garantiza democracia automática.
No borra el sufrimiento vivido.

Pero es un hecho político central. Y, para muchos venezolanos, profundamente reparador.

Después discutiremos el rol de Estados Unidos.
Después discutiremos la reconstrucción institucional.
Después discutiremos los límites, los controles y los equilibrios.

Hoy, al menos por hoy, corresponde algo más básico y más humano: entender y respetar que un pueblo que fue silenciado, reprimido y humillado durante años tenga derecho a sentir que, por primera vez, la justicia se asoma.

Y sí: a celebrarlo.

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Uriel Manzo Diaz

Uriel Manzo Diaz

Hola! Mi nombre es Uriel Manzo Diaz,
actualmente, estoy en proceso de profundizar mis conocimientos en relaciones internacionales y ciencias políticas, y planeo comenzar mis estudios en estos campos en 2026. Soy un apasionado por la política, la educación, la cultura, los libros y los temas internacionales.



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