La leche forma parte de nuestra vida cotidiana. Está presente en el desayuno, en los quesos, yogures y otros productos que consumimos diariamente. Pero detrás de cada producto lácteo existe una industria compleja, en la que intervienen productores, animales, tecnología, genética y una cadena de procesamiento que comienza mucho antes de que el producto llegue a nuestra mesa. Nada de eso sería posible sin los tambos.
Los tambos son establecimientos dedicados a la producción de leche a partir del ordeño de vacas, donde además se llevan adelante tareas relacionadas con la alimentación, reproducción, sanidad y bienestar de los animales. La leche obtenida es posteriormente enviada a la industria láctea, donde atraviesa diferentes procesos, como la pasteurización, que permiten garantizar su inocuidad y transformarla en los distintos alimentos que llegan al consumidor.
Pero producir leche no es simplemente ordeñar una vaca. Detrás de cada litro producido existe una serie de decisiones que pueden determinar la eficiencia y la rentabilidad de un tambo. ¿Qué animales conviene reproducir? ¿Cuáles tienen mayor potencial productivo? ¿Cuáles presentan mejores características de fertilidad, salud o composición de la leche? Estas son algunas de las preguntas que los productores se han hecho durante décadas, y que hoy la biotecnología viene a responder con una herramienta cada vez más precisa: la selección genómica.
Cuando nos referimos a selección genómica, estamos hablando de un proceso mediante el cual se eligen los animales que van a reproducirse en base a las características que se quieren potenciar en las próximas generaciones: mayor producción de leche, mejor fertilidad, resistencia a enfermedades, entre otras. La idea es simple: si un animal tiene un rasgo deseable y ese rasgo se puede heredar, cruzarlo con otros ejemplares aumenta la probabilidad de que sus crías también lo tengan.
Durante décadas, esta selección se hizo principalmente observando el desempeño del animal y el de sus antepasados: cuánta leche daba, cómo era su fertilidad, si sus hijas producían bien. Este método, conocido como selección por pedigrí o fenotipo, funciona, pero tiene una limitación importante: hay que esperar a que el animal (o sus crías) muestren esas características para poder evaluarlo, lo que puede llevar años.
La selección genómica vino a cambiar esto. En lugar de esperar a ver cómo se comporta un animal a lo largo de su vida, permite analizar directamente su ADN para predecir, desde que es una cría, qué probabilidad tiene de ser un buen reproductor. Esto acelera enormemente el proceso de mejora genética y permite tomar decisiones más precisas y en menos tiempo.
Contar con datos genómicos desde que el animal es una cría le permite al productor decidir con mayor certeza qué hembras conservar como futuras madres, qué reproductores utilizar y cuáles descartar, sin tener que esperar años. Esto significa menos tiempo y recursos económicos invertidos en la cría de vacas lecheras.
En un contexto donde los márgenes de la lechería son cada vez más ajustados, esta capacidad de tomar decisiones informadas y tempranas deja de ser un detalle técnico para convertirse en una herramienta clave de gestión: cada elección de reproducción es, en definitiva, una inversión a futuro en la productividad del tambo.
Así, la próxima vez que consumas un producto lácteo , vale la pena recordar que detrás de ese producto no solo hay un tambo y una vaca, sino también décadas de decisiones genéticas y, cada vez más, la precisión del ADN. La selección genómica no reemplaza el trabajo del productor: lo potencia, y se perfila como una de las herramientas clave para que la industria argentina siga siendo competitiva en los años que vienen.
Por Sol Aebi, estudiante de Licenciatura en Biotecnología de UADE

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