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Biología molecular y deporte, un viaje al interior de la célula.

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Desde hace tiempo, la actividad física y el deporte en general forman parte de la vida de muchos de nosotros. Ya sea por recomendación médica, por hobby o incluso como un entretenimiento que hace que durante 90 minutos un país entero se frene por completo, el movimiento ocupa un lugar central en nuestras vidas tanto desde el punto de vista biológico como cultural. La popularidad que ha alcanzado la práctica de actividad física en las últimas décadas tiene que ver, en parte, con los numerosos beneficios que trae aparejados y, si bien no es necesario ser un deportista de alto rendimiento para poder experimentarlos, lo recomendable es practicar ejercicio físico o deporte de forma planificada, regular y sostenida en el tiempo para poder obtener ciertos efectos físicos persistentes y duraderos. Pero, como dijo Babasónicos, la pregunta es: ¿sabés cuáles son los mecanismos moleculares que se encuentran detrás de estos efectos?

Para comenzar, podemos hablar sobre uno de los cambios más interesantes que se da a nivel génico. Algunos genes aumentan o disminuyen su expresión, lo que permite a la célula a generar mejores adaptaciones. Estos cambios dependen, entre otros factores, del tipo de ejercicio. Por ejemplo, con el entrenamiento de fuerza se activan vías de señalización que favorecen la síntesis de proteínas que participan en el aumento de masa muscular, un proceso que se conoce como hipertrofia. En cambio, los ejercicios de resistencia (o coloquialmente el “cardio”, que todos odiamos) tienden a estimular la expresión de genes relacionados con el metabolismo oxidativo, el transporte de oxígeno y la formación de nuevos vasos sanguíneos.

Sin embargo, cuando pensamos el deporte o la actividad física en términos de biología, las verdaderas protagonistas de esta historia son las mitocondrias. Se trata de organelas cuya función principal es producir energía en la célula. Muchos estudios han demostrado que el entrenamiento regular y sostenido, junto con factores genéticos individuales, favorece la biogénesis mitocondrial, es decir, el aumento del número y volumen de las mitocondrias. Esto se traduce en una mayor eficiencia energética que contribuye tanto al rendimiento físico como a la salud metabólica en general. Entonces, cuanto más frecuente y sostenido sea el entrenamiento, mayores serán las adaptaciones mitocondriales que se experimenten, por ello claramente tus mitocondrias no son iguales a las de Leo Messi o Michael Phelps.

También me parece interesante mencionar a unas moléculas pequeñas, pero muy poderosas, llamadas mioquinas, que son producidas por el músculo esquelético en respuesta a la contracción. Entre sus múltiples funciones, las mioquinas participan en la regulación del metabolismo de la glucosa y los lípidos, favorecen la sensibilidad a la insulina y ayudan a regular la respuesta inmunitaria. Resumidamente, son tan importantes que son capaces de influir en el funcionamiento de prácticamente todo el organismo.

Para finalizar, es importante recalcar que estos son solo algunos de los tantos mecanismos moleculares que están involucrados en las adaptaciones al ejercicio, pero que, de todas formas, pueden ayudarnos a comprender la compleja red que se pone en funcionamiento al movernos. Y quizás, después de todo, cuestionando los estereotipos, ser nerd y “gymrat” en realidad no son conceptos que se excluyan mutuamente, sino que se complementan.

Por Manuela Beltrán, estudiante de la Licenciatura en Biotecnología de UADE

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