No necesito otra libreta.
Eso es lo que me repito cada vez que entro a una librería, cada vez que veo una en internet, cada vez que mis manos ya están sosteniendo una nueva, distinta a todas las anteriores y, al mismo tiempo, exactamente igual.
Podría excusarme diciendo que las colecciono, pero no es cierto. Las cosas que se coleccionan se valoran por lo que son, por lo que nos recuerdan. A mí me interesan por lo que prometen.
Cada libreta es una posibilidad: una vida ordenada, ideas claras, proyectos terminados, una versión de mí misma que todavía no existe. Las compro porque, por un instante, me permiten creer que puedo convertirme en esa persona sin haber hecho el trabajo de serlo.
Pero nunca las uso.
Las guardo intactas, como si escribir en ellas significara arruinarlas. Aunque no es la tinta lo que temo. Es la evidencia. Usarlas implicaría enfrentar la distancia entre lo que imagino y lo que realmente soy.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era la falta de disciplina, que si lograba dejar de comprar, eventualmente empezaría a usar. Incluso hice un calendario: marcaba los días en los que resistía. (Duré menos de una semana).
Después entendí que no se trata de fuerza de voluntad. Vivimos en un sistema donde desear es fácil y constante. Todo está diseñado para recordarnos lo que nos falta, para ofrecernos versiones mejoradas de nosotros mismos en forma de objetos. No compramos solo por necesidad, compramos porque algo (o alguien), en algún lugar, nos hizo sentir incompletos; y sin embargo esa carencia nunca se resuelve.
A veces veo a otras personas haciendo lo mismo: chicas que tienen un termo de cada color, o coleccionan bolsos que apenas usan. Siempre hay una nueva versión, una edición distinta, una excusa más. Cuando las veo en redes sociales, lo primero que pienso es que no lo necesitan. ¡Es una pérdida de plata y un mal para el medio ambiente! Es una completa irresponsabilidad.
Pero ese pensamiento dura poco; porque después vuelvo a mi casa, abro una caja, y encuentro algo que no puedo ignorar: decenas de libretas intactas. Entonces entiendo que no soy diferente. Soy peor. Porque ellas no saben que yo existo, no me juzgan, no me evalúan; a pesar de que yo sí las juzgo mientras hago exactamente lo mismo.
Tal vez el consumo no solo se trata de lo que compramos, sino de la facilidad con la que lo reconocemos en otros y la dificultad que tenemos para verlo en nosotros mismos.
El consumo deja de ser una respuesta a una necesidad y se convierte en una forma de postergarla. En lugar de escribir, compro la posibilidad de escribir. En lugar de cambiar, acumulo herramientas para un cambio que no llega.
A veces abro la caja donde guardo todas las libretas. Las miro como si fueran versiones de una vida que no viví. No están vacías: están llenas de intención. Pero la intención, acumulada, también pesa.
En los últimos años, empecé a escuchar otras formas de enfrentar este problema. Personas que intentan no generar residuos, empresas que rediseñan sus procesos para que nada se desperdicie, tecnologías que prometen optimizar lo que desechamos, gobiernos que hablan de consumo responsable como un objetivo global. Todo eso parece ir en la dirección correcta. No obstante, algo no termina de cerrar.
Muchas de estas soluciones parten de una misma lógica: consumir mejor. Elegir productos más sustentables, reciclar, reutilizar, optimizar. Sin embargo, pocas cuestionan el impulso anterior a todo eso: el deseo de consumir.
Yo podría comprar libretas hechas con papel reciclado, producidas de manera ética, diseñadas para durar toda la vida. Y aun así seguiría sin usarlas.
El problema no está solo en lo que consumo, sino en por qué consumo.
Tal vez por eso muchas iniciativas fracasan o se quedan a mitad de camino, porque intentan corregir el impacto sin transformar la motivación, porque operan sobre el comportamiento visible, pero no sobre la lógica interna que lo sostiene.
Redefinir el consumo, entonces, no puede limitarse a hacerlo más eficiente o menos dañino. Tiene que implicar una incomodidad mayor: preguntarnos qué estamos evitando cada vez que consumimos.
En mi caso, consumir me permitió evitar elegir. Mientras las libretas permanecieran vacías, todas las versiones de mí misma seguían siendo posibles. Escribir implicaba cerrar caminos, asumir límites, aceptar errores. Consumir era, en el fondo, una forma de sostener la ilusión. Tal vez ahí haya una pista.
Si el consumo muchas veces funciona como un reemplazo (de acción, de decisión, de cambio), entonces cualquier intento de transformarlo debería ofrecer algo más que restricciones, debería ofrecer alternativas reales para habitar ese vacío que el consumo viene a llenar. No se trata solo de reducir o reutilizar, sino de redirigir. Crear en lugar de acumular, usar en lugar de proyectar, terminar en lugar de empezar constantemente.
Hace poco compré otra libreta. Más chica, más simple, no tenía nada especial. Tal vez por eso la abrí esa misma noche. Escribí una sola frase, sin pensar demasiado: “La última nunca es la última.”
La leí varias veces y por primera vez entendí que redefinir el consumo no era solo una cuestión de sistemas, industrias o políticas (aunque todas sean necesarias), sino también una práctica personal. Una decisión incómoda y constante: dejar de reemplazar con objetos aquello que solo puede construirse con acción.
Tal vez el cambio no empieza cuando dejamos de comprar. Tal vez empiece cuando nos animamos, finalmente, a usar.
Nota editorial: Este artículo contiene exclusivamente el ensayo original de Rocio Britos Montaña (Universidad Nacional de San Juan, Argentina), cuyo trabajo fue seleccionado por la calidad y relevancia de su propuesta para ser compartido con los participantes del SABF. El contenido no ha sido editado, modificado ni intervenido por el SABF. El participante conserva todos los derechos de autor sobre su obra.

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