La madrugada del 22 de enero de 2008, mi madre me despertó de golpe para que la ayudara a guardar lo más importante de la casa. Yo seguía medio dormida, sin entender por qué su voz sonaba tan distinta. Pero cuando bajé de la cama, sentí las chinelas —esas sandalias de goma con las que una anda por la casa— empapadas. El agua me llegaba hasta los tobillos. La inundación nos había alcanzado y nuestro río Mamore se había desbordado.
Recuerdo esa mañana con una claridad extraña. El apuro de mi madre. Las cosas amontonadas sin orden. Los adultos hablando bajito, aunque con esa tensión que igual se siente. Afuera, el patio ya parecía un curichi, como llamamos en el oriente a esos lugares donde el agua se queda y manda. Yo todavía era niña y no entendía del todo lo que pasaba, pero sí sentí algo que se me quedó adentro: lo esencial solo parece invisible hasta que falta.
Con los años entendí que ese recuerdo me había dejado una pregunta. ¿Por qué cosas tan básicas para vivir bien siguen siendo tan frágiles? La luz, el agua, una casa seca, la tranquilidad. Todo eso, que debería sostener la vida sin hacerse notar, podía desaparecer de un rato a otro. Y más adelante esa pregunta cambió de forma: ya no se trataba solo de la vulnerabilidad, sino también del valor. ¿Cómo decidimos qué vale y qué no? ¿Por qué algunas cosas se vuelven imprescindibles recién cuando las perdemos, mientras otras son despreciadas incluso cuando podrían sostenernos?
Por eso, cuando pienso en “Redefiniendo el consumo”, no pienso primero en compras. Pienso en la forma en que aprendimos a mirar el mundo. Nos enseñaron una lógica demasiado simple: usar y botar, reemplazar y seguir. Como si consumir fuera solamente incorporar algo nuevo y dejar atrás lo que ya sirvió. Como si el progreso consistiera en avanzar descartando.
Pero la vida real no funciona así. Y el campo, sobre todo, desarma rápido las ideas cómodas. Allí vi una contradicción que me sigue moviendo hasta hoy: muchas familias y productores viven con costos altos y con poco changüí —ese margen pequeño para respirar económicamente—, mientras a su alrededor se acumulan materiales que el sistema aprendió a llamar residuos. Restos orgánicos, desechos de la producción, todo aquello que huele mal, ensucia, incomoda o genera trabajo extra. Cosas que uno quiere sacar de la vista cuanto antes. Y sin embargo, precisamente ahí puede haber alivio para el gasto diario, fertilidad para la tierra e incluso energía.
Lo más difícil de entender eso no fue lo técnico. Fue lo cultural. Porque el problema no era solo que existiera un residuo, sino que ya habíamos decidido que no valía nada. Y cuando una sociedad le pone a algo el nombre de “basura”, deja de hacerle preguntas. Lo aparta. Lo esconde. Lo convierte en el final de una historia. En el fondo, creo que ahí empieza una parte importante del sobreconsumo: no solo en comprar demasiado, sino en haber perdido la capacidad de reconocer valor fuera de lo nuevo.
Por eso no me convence del todo la idea de que la solución sea simplemente consumir menos. Claro que hay que revisar nuestros hábitos. Pero si la respuesta se queda solo en la culpa individual, se vuelve pobre. No todas las personas consumen desde el exceso; muchas consumen desde la necesidad. Y no todas las soluciones sostenibles son valiosas por el simple hecho de sonar verdes. Algunas fracasan porque fueron pensadas desde lejos, porque se ven bien en una presentación pero no conversan con la realidad de quienes deberían beneficiarse.
Ahí es donde, creo, el debate se vuelve más honesto. Redefinir el consumo no es romantizar la escasez ni pedirle a la gente que viva con menos por principio. Es revisar con qué criterio asignamos valor. Es preguntarnos si una iniciativa realmente mejora la vida de las personas o solo tranquiliza la conciencia de quienes la diseñaron. Es analizar su ética, su viabilidad y su relación con el territorio.
En cambio, cuando una solución nace de una necesidad real y conversa con el lugar donde va a existir, pasa algo distinto. He visto cómo materiales que antes se evitaban por incómodos podían convertirse en algo útil. Y aunque eso parezca un cambio técnico, en realidad es un cambio de mirada. Es una forma distinta de entender el consumo: no como un camino lineal hacia el descarte, sino como una relación que todavía puede repararse.
Tal vez por eso, para mí, redefinir el consumo también es redefinir la dignidad. Porque una comunidad no mejora solo cuando accede a más bienes, sino cuando gana más capacidad para decidir sobre sus recursos, sus costos y su futuro. La sostenibilidad se vuelve concreta en menos dependencia, menos desperdicio y más autonomía.
Vivimos en una época que confunde con facilidad crecimiento con acumulación, novedad con progreso y descarte con eficiencia. Pero quizá el verdadero cambio no empiece cuando aprendamos a desear menos, sino cuando aprendamos a mirar mejor. Cuando dejemos de admirar únicamente lo nuevo y empecemos a preguntarnos qué valor estamos ignorando por costumbre.
Si hoy vuelvo mentalmente a aquella madrugada de inundación, entiendo que no me marcó solo por el miedo. Me marcó porque me enseñó, sin querer, que lo esencial nunca debe darse por sentado. Y años después, al ver cómo aquello que parecía puro descarte podía recuperar sentido, entendí otra cosa: que muchas veces una sociedad no se empobrece solo por lo que le falta, sino por todo lo que dejó de saber mirar.
Tal vez ahí empieza el cambio que este tiempo necesita. No solo en consumir menos, sino en reconocer mejor. En volver a mirar lo que apartamos demasiado rápido. En admitir que a veces llamamos desecho a aquello que todavía podría sostener la vida. Y en entender que el verdadero progreso no siempre consiste en tener más cosas, sino en relacionarnos mejor con lo que ya tenemos.
Nota editorial: Este artículo contiene exclusivamente el ensayo original de Valeria Alison Rivero Baldiviezo (Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, Bolivia), cuyo trabajo fue seleccionado por la calidad y relevancia de su propuesta para ser compartido con los participantes del SABF. El contenido no ha sido editado, modificado ni intervenido por el SABF. El participante conserva todos los derechos de autor sobre su obra.

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