Hace mucho tiempo, cuando éramos chicos y nuestras abuelas nos decían “¡tenés que dormir porque si no, no vas crecer!” esta frase parecía un simple refrán, una sutil invitación a que nos vayamos de una vez a la cama cuando nos poníamos caprichosos con quedarnos despiertos un ratito más. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que ellas no estaban tan equivocadas después de todo y, en el mundo actual donde la falta de sueño se considera una epidemia silenciosa y uno de los mayores desafíos en salud pública del siglo XXI, ya suena más bien como una advertencia o un consejo que vale la pena escuchar.
Se conoce que el sueño además de promover la consolidación de recuerdos, el rendimiento y el bienestar, está estrechamente asociado al crecimiento de los tejidos y regulación del metabolismo, en parte al aumentar la liberación de la hormona de crecimiento (GH). Esta hormona es capaz de promover la síntesis de proteínas, estimular la lipólisis (es decir, utilizar la grasa almacenada como fuente de energía) y regular la glucosa. También cumple funciones esenciales en el crecimiento muscular óseo tanto durante el desarrollo como en la adultez. Muchas de las consecuencias perjudiciales de la privación del sueño se asemejan a las producidas por la deficiencia de GH, lo que da evidencia, precisamente, de la interacción entre ambos. Por ejemplo, puede provocar reducción de la masa muscular, aumento de la grasa visceral (aquella que rodea órganos vitales), resistencia a la insulina y un mayor riesgo cardiovascular.
Pero mantener una buena calidad de sueño no es importante únicamente para “crecer”, sino también para que se produzca una correcta eliminación de los desechos perjudiciales que se generan de forma natural durante el periodo de vigilia en nuestro cerebro, como consecuencia de la actividad celular. El correcto funcionamiento de este sistema de “limpieza” resulta de suma importancia para preservar la salud neuronal y prevenir la acumulación de sustancias que pueden conducir al desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer, Parkinson o ELA (esclerosis lateral amiotrófica).
Como vimos, por estas y muchas otras razones, el sueño es una necesidad biológica no negociable.
También es interesante mencionar que no es un fenómeno exclusivo de organismos complejos como nosotros, sino que también aparece en animales sin un cerebro ni sistema nervioso centralizados, como las medusas o las anémonas (que sí, no tienen cerebro propiamente dicho sino neuronas que se conectan a través de redes). En definitiva, si bien en todo el reino animal el sueño se percibe de maneras diferentes, casi todos los animales duermen.
Por último, el artículo no busca ser alarmista ni incitar a que se lleven a cabo rutinas extremas de higiene del sueño o a perseguir un número de horas fijas para dormir, puesto que, al igual que ocurre con otras necesidades fisiológicas como la hidratación, la cantidad de sueño necesaria varía según la edad, la biología individual y las demandas del organismo en un momento determinado.
El mensaje principal, en cambio, busca alentar a los lectores a mantener una buena calidad de sueño, reduciendo, por ejemplo, el uso de pantallas y el consumo excesivo de cafeína, y a cuestionar, principalmente, discursos cada vez más frecuentes (propios o incluso provenientes de infuencers y otros personajes similares) que nos empujan a ser productivos de manera constante en pos del “éxito”, pero a costa de nuestra salud, asociando el descanso con la pereza, la falta de compromiso o el fracaso.
Escrito por Manuela Beltrán, alumna de la Licenciatura en Biotecnología de UADE

Comentarios