En la era de la hiperconectividad, solemos asumir que el acceso a internet y a la tecnología es casi universal. Sin embargo, detrás de esta idea de progreso digital se esconde una desigualdad persistente y estructural: la brecha digital de género. Esta no se limita únicamente a quién tiene o no conexión, sino que atraviesa dimensiones mucho más profundas vinculadas al uso, la participación y el poder dentro del mundo digital.
Hablar de brecha digital de género implica reconocer que mujeres y diversidades no acceden a la tecnología en igualdad de condiciones. En muchos contextos, especialmente en América Latina, el primer obstáculo sigue siendo material: menor acceso a dispositivos, conectividad limitada o uso compartido de herramientas digitales. Pero incluso cuando ese acceso existe, la desigualdad no desaparece. Cambia de forma.
El problema no es solo estar conectadas, sino qué lugar se ocupa una vez dentro del ecosistema digital. Las mujeres y diversidades participan menos en áreas estratégicas como la programación, el desarrollo tecnológico, la inteligencia artificial o la toma de decisiones dentro de las grandes plataformas. Esto no es casual: responde a estereotipos de género que históricamente alejaron a las mujeres de los ámbitos STEM y que hoy se reproducen en el entorno digital.
A esta exclusión se suma un fenómeno cada vez más visible: la violencia de género en línea. El acoso, la censura selectiva, el hostigamiento y la exposición no consentida funcionan como mecanismos de expulsión simbólica del espacio digital. Muchas mujeres dejan de opinar, crear contenido o participar en debates públicos por miedo a las consecuencias. Así, el entorno digital, que prometía ser un espacio de democratización de la palabra, termina replicando (e incluso amplificando) desigualdades del mundo offline.
Otro aspecto clave de la brecha digital de género es la falta de representación en la producción de tecnología. Los algoritmos no son neutrales: reflejan los sesgos de quienes los diseñan. Cuando los equipos de desarrollo son homogéneos, las decisiones tecnológicas tienden a invisibilizar experiencias diversas. Esto impacta en desde sistemas de reconocimiento facial hasta procesos de moderación de contenidos, afectando de manera desproporcionada a mujeres y disidencias.
La brecha digital de género, entonces, no es un problema individual, sino político y estructural. No se resuelve únicamente repartiendo computadoras o ampliando la conectividad. Requiere políticas públicas con perspectiva de género, educación digital crítica, promoción activa de la participación de mujeres en tecnología y marcos regulatorios que protejan los derechos en entornos digitales.
Reducir esta brecha implica preguntarnos quién produce la tecnología, para quién y con qué valores. Porque en un mundo cada vez más mediado por lo digital, quedar al margen no significa solo estar desconectada, sino quedar excluida de los espacios donde hoy se construye poder, conocimiento y futuro.

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