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Junio 15, 2017

Mudanza Internacional: The ultimate wealth structuring tool

Martín Litwak

Que hay que tener en cuenta en el caso de establecer su residencia fiscal en otro país.

En una de las primeras columnas que publicamos en FinGuru, allá por octubre de 2016, nos referimos a las alternativas que las personas de alto patrimonio tienen a la hora de estructurar sus bienes de modo de lograr sus objetivos en materia sucesoria, de protección patrimonial e impositiva.

Explicábamos por entonces que la primera pregunta que se debe plantear respecto de cada activo que integra el patrimonio personal es si resulta conveniente que el mismo quede en efecto dentro de dicho patrimonio o si, por el contrario, sería ventajoso transferirlo o aportarlo a un trust o estructura similar.

Obviamente en el caso de los bienes que se decida mantener dentro del patrimonio personal o familiar, habrá que asegurarse que los mismos sean correctamente reportados a la autoridad fiscal del país de que se trate y que se paguen todos los impuestos correspondientes.

Si una vez que el cliente en cuestión ha analizado que hacer con cada activo y ha determinado – junto con asesores – la estructura patrimonial que mejor se adapte a sus necesidades y objetivos, aún no está conforme con el nivel de impuestos que tendría que abonar, la única opción que esta persona tendría sería la de establecer su residencia fiscal en un país donde se sienta cómodo respecto de dicho nivel de impuestos que resultarían aplicables.

A esto nos vamos a referir en la presente columna.

Una última aclaración antes de comenzar: contrariamente a lo que muchos clientes piensan, el tener nacionalidades adicionales a las del país en el cual residen no suma absolutamente nada a los efectos de la planificación patrimonial.

Ello es así ya que, salvo en los casos de Estados Unidos y Eritrea, los sistemas tributarios están basados en el concepto de “residencia” y no de “nacionalidad”. Uno no paga impuestos de acuerdo con la nacionalidad que posee sino de acuerdo al país en el cual reside.

Como corolario de esto, y aun cuando hasta hace mucho esto no era así, obtener residencias fiscales adicionales a la que se tiene, tampoco suele solucionar el problema el problema de fondo.

A lo sumo, y solo por ahora, servirá para que la información financiera intercambiada bajo los sistemas CRS o FATCA no llegue a manos de las autoridades fiscales del país de residencia real del contribuyente de que se trate.

¿Cómo adquirir una nueva residencia fiscal?

Adquirir la residencia fiscal en un tercer país no suele ser algo muy complejo y en realidad es lógico que no lo sea: ¿qué país se va a oponer a agrandar su base de contribuyentes?

Hay países que han visto en esto un negocio y promueven que extranjeros se instalen allí, facilitando el proceso lo más que se pueda; y hay otros que no.

Entre los primeros, cabe destacar a Malta, Suiza, Italia, Uruguay, Panamá, varias jurisdicciones del Caribe y hasta inclusive Estados Unidos.

En general, estos países suelen exigir que se cumplan las siguientes condiciones a los efectos de considerar a un extranjero como residente fiscal:

  1. que permanezca una cantidad mínima de días por año en el territorio de dicho país (en la mayor parte de los casos, el número mágico es 183 por año);
  2. que establezca su centro de vida o centro de intereses económicos en dicho país, en cuyo caso no suele requerirse el cumplimiento de la cantidad mínima de días; o
  3. que realice una inversión económica de cierta envergadura (en Uruguay, por ejemplo, se pide una inversión inmobiliaria de por lo menos USD 1.875.000 o una inversión directa o indirecta en un negocio de USD 5.650.000 o más). 

En este último supuesto, tampoco se exige el mínimo de días.

Mientras algunos países ofrecen ventajas impositivas a sus nuevos residentes (tasas más bajas, exoneraciones, plazos de gracia, etc.), otros no lo hacen.

¿Cómo perder la residencia fiscal original?

Tal cual habrán advertido a esta altura, el problema no es tanto como adquirir una residencia fiscal nueva, sino como perder la que se tenía; aquella con la cual uno no está conforme y la que de algún modo gatilló el análisis de la cuestión.

La clave aquí es perder la residencia fiscal que se tiene; obtener una nueva es la parte sencilla del asunto.

Ello es así porque la obtención de la residencia fiscal en un tercer país no provoca de forma automática que el contribuyente pierda la del país de donde procede.

En otras palabras, por más que uno obtenga una residencia fiscal en un tercer país, si la autoridad fiscal del país en el cual se residía originalmente no otorga la “baja fiscal”, el único efecto que la obtención de la nueva residencia generará será que parte de los impuestos sean pagados en el exterior y luego utilizados como créditos a nivel local; pero la cantidad total de impuestos pagada no se modificará.

Inclusive puede darse el caso en que el país donde se residía originalmente no acepte todos los impuestos pagados en el tercer país, y el monto total de impuestos a abonar será inclusive mayor que los que se pagaba antes de obtener la residencia fiscal en el extranjero.

Así las cosas, pase lo que pase es fundamental evitar la doble residencia. Este sería el peor escenario en materia de residencias fiscales.

A fin de perder la residencia original en general hay que demostrar que ya no se tiene el centro de vida allí y, en algunos casos, que no se llega a un mínimo de días por año en el territorio del país. Cuestiones como el tener hijos en edad escolar en dicho país, ser socio de clubes deportivos allí, tener propiedades o negocios, etc. suelen ser tomados como indicios de que en realidad no se ha movido el centro de vida al exterior.

En definitiva, y lamento no ser portador de buenas noticias, la mudanza internacional solo sirve como herramienta de planificación patrimonial cuando la misma es real.

El mundo no solo avanza a pasos agigantados hacia una transparencia casi enfermiza sino también hacia exigir cada vez más substancia en este tipo de cuestiones.

Por ello, quien no está dispuesto a levantar campamento y mudarse en serio a otro país, no debería perder tiempo analizando la obtención de una nueva residencia fiscal. A menos que la quiera solamente para poner algún obstáculo al intercambio automático de información fiscal mientras se pueda.

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