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Octubre 31, 2018

¿Cómo será la política exterior de Brasil con Bolsonaro?

La mezcla de aspiraciones neoliberales con convicciones nacional- desenvolvimentistas apuntan a un proyecto con enormes contradicciones. Un repaso a las principales líneas de acción así como sus posibles consecuencias regionales.


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En su primer discurso como Presidente electo, Jair Messias Bolsonaro, hizo dos menciones cortas sobre política exterior. Dijo que pretende “(…) libertar a Brasil y al Itamaraty [Ministerio de Relaciones Exteriores] de las relaciones internacionales con sesgo ideológico y mantener relaciones con las naciones desarrolladas”. Y, sin referirse directamente a su oponente, dijo que “no podemos seguir coqueteando con el socialismo, el comunismo y el populismo, y con el extremismo de izquierda”.

Además, valoró la llamada telefónica que le hizo el Presidente estadounidense para felicitarlo. Donald Trump publicó en su cuenta de Twitter que ellos están de acuerdo que “(…) Brasil y Estados Unidos van a trabajar juntos en comercio, asuntos militares y todo lo demás”.

Esas primeras declaraciones hechas por el ultraderechista Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), tras su victoria contra Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores (PT), el pasado 28 de octubre, refuerzan algunas líneas de pensamiento del Presidente electo sobre las relaciones internacionales de Brasil. Durante la campana electoral, y hasta el momento, sus ideas sobre política exterior fueron muy reduccionistas, obsesionado con estrechar las relaciones exteriores con EE.UU. (con un gran enfoque en la relación directa con Trump), alejarse de gobiernos que tilda como ideológicos (Venezuela es siempre el ejemplo mencionado) y promover el comercio internacional brasileño.

La mezcla de aspiraciones neoliberales (ancladas en su asesor económico, Paulo Guedes, egreso de la Escuela de Chicago) con convicciones nacional- desenvolvimentistas (difusas entre los varios militares que componen su núcleo duro de asesores) apuntan un proyecto de política exterior con enormes contradicciones y que resulta difícil de comprender tanto en términos de formulación como de ejecución.

Bolsonaro evoca el período de la Guerra Fría cuando habla de combatir el comunismo y defiende la dictadura militar. Los primeros países que pretende visitar son Chile, EE.UU. e Israel. Esta tríada no tiene nada de pragmática. Es una clara opción ideológica de derechas, teniendo en cuenta los actuales gobiernos de esos Estados. Es decir, la ideología de derechas va a remplazar a la llamada de izquierdas de los gobiernos de los ex presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff.


¿Neonacionalismo tropical?


Es muy evidente por sus discursos y entrevistas que Bolsonaro se enmarca en la categoría “neonacionalista”. Sus posiciones contra el multilateralismo, los migrantes y los derechos humanos lo enmarcan incluso en la de neofascista, según la opinión de diversos académicos y analistas políticos brasileños. Los líderes políticos y gobiernos con los que prefiere relacionarse de alguna manera confirman el perfil neonacionalista del Presidente electo.

De este modo, Bolsonaro sería el primer caso de un neonacionalista surgido en un país democrático del Sur. De ahí que algunos lo tildaren de “Trump tropical”. Otra característica destacada es su aversión a los procesos de integración y el énfasis en las relaciones bilaterales.

Comercio internacional: ¿cómo acomodar la relación con China?


El Presidente electo no ha mencionado a China entre sus prioridades. Ha sido el gobierno de Pekín que, tras dar la enhorabuena a Bolsonaro, ha declarado la importancia de sus relaciones con Brasilia. Sin embargo, el gigante asiático es el principal comprador de Brasil. Además, China es el principal socio brasileño entre los Estados que conforman los BRICS y controla el Nuevo Banco de Desarrollo de este grupo de economías emergentes, que está abriendo su oficina regional en Brasil y es una fuente estratégica de recursos fuera del esquema del sistema de Bretton Woods.

No está claro como Bolsonaro pretende acomodar la relación estratégica con China y a la vez entablar un vínculo similar con EE UU.

De igual manera, no se sabe cómo Bolsonaro va conducir la relación con Argentina, que no ha sido mencionada como prioridad. Desde el primer gobierno civil de la transición democrática, con el Presidente Jose Sarney (1985-1989), Argentina es el principal socio de Suramérica y, tras la creación del Mercosur, se ha convertido en socio estratégico en la política y en la economía regional. Hoy día es el tercer país que más importa de Brasil. Cambiar la prioridad de Buenos Aires hacia Santiago de Chile es un movimiento mucho más ideológico que pragmático, exactamente lo que Bolsonaro ha criticado en la política exterior de los gobiernos de Lula y de Dilma.

El “nuevo Itamaraty”


En su plan de gobierno oficial, la única mención al tema de la política exterior es titulada “El Nuevo Itamaraty”. En síntesis, el documento afirma que su gobierno no va a seguir relacionándose con dictaduras. Dice expresamente que “dejaremos de alabar dictaduras asesinas y de despreciar o incluso atacar democracias importantes como Estados Unidos, Israel e Italia”. Y destaca que el énfasis va a ponerse en las relaciones y acuerdos bilaterales.

Si se confirma el plan de gobierno, todos los procesos de integración en los que Brasil participa van a estar en entredicho, el Mercosur, la Unasur y la Celac. Desde la administración de Cardoso, uno de los principales ejes de política exterior brasileña ha sido la relación con Argentina y, en base a ella, el fortalecimiento de la integración suramericana. Desde una perspectiva más económica, pero también con sentido político y estratégico, el gobierno de Cardoso hizo una fuerte apuesta por Mercosur. Y el gobierno de Lula lo confirió alta prioridad como plataforma de política internacional, permitiéndole una agenda político-diplomática que nunca había tenido hasta entonces.

Defensa, ¿segundo carril de la política exterior?


Uno de los cambios importantes que Bolsonaro va a implementar es la centralidad del Ministerio de Defensa en su gabinete. Brasil fue el último país en crear un Ministerio de Defensa en América Latina, en el gobierno del Presidente Cardoso (1995-2002). Desde entonces, esta cartera siempre ha tenido un bajo perfil y ha sido ocupada por civiles (políticos o diplomáticos). Por primera vez un militar ocupa este puesto en el gobierno del Presidente Michel Temer.

Desde muy temprano en su campana, el Presidente electo señalo que el general Augusto Heleno iba a ser su ministro de Defensa. Éste es un líder carismático en el Ejército, y ha sido el primer comandante jefe de la MINUSTAH (misión de la ONU en Haití). Bolsonaro le tiene una gran admiración y le invito a ser vicepresidente, pero el general no aceptó. Se espera que Heleno vaya a dejar una considerable impronta en el nuevo gobierno. Si esto se confirma, su influencia va darse más allá de su órbita y va alcanzar temas de otras pastas, incluyendo las relaciones exteriores, pudiendo convertirse en un segundo carril de la política exterior, con sesgo ideológico-militar.

Entre los temas más importantes de la agenda de Defensa de Bolsonaro vinculadas a la política exterior está la situación de Venezuela y el combate al crimen organizado en las fronteras. Sobre la relación con Caracas, hay un temor por parte de analistas críticos a Bolsonaro de que establezca un arreglo con EE.UU. y Colombia para una eventual intervención en Venezuela. Esa hipótesis encuentra fuertes resistencias en las mismas Fuerzas Armadas así como en el Itamaraty, además ha sido negada por Bolsonaro y sus interlocutores. Brasil fue una de las voces entre el Grupo de Lima que ha criticado a Trump por sus declaraciones a favor de una intervención en Venezuela. Pero hay igual temor de que el gobierno del Estado de Roraima, fronterizo con este país y que ha recibido miles de migrantes y refugiados venezolanos, presione a Bolsonaro para que se cierre la frontera o restringa el acceso de estas personas a territorio brasileño.

Derechos humanos y medio ambiente: ¿arenas de conflictos internacionales?


El tema de los derechos humanos, la protección de las minorías y grupos vulnerables es donde se espera una gran ola regresiva en el gobierno de Bolsonaro. Esto se explica en parte por su retorica conservadora y agresiva en contra de diversos grupos, incluyendo mujeres, indígenas, negros, quilombolas (descendientes de esclavos) y homosexuales. Por otra parte, se explica por las postura de sus partidarios – partidos y grupos de parlamentarios conservadores y evangélicos – que buscan implementar una agenda basada en valores y dogmas religiosos, con un alto nivel de retroceso en materia de derechos humanos.

Respeto a las arenas multilaterales de los derechos humanos, como Naciones Unidas, Bolsonaro dijo más de una vez que sacaría a Brasil de la organización. Aunque haya desmentido y reinterpretado sus declaraciones, el país va a tener por primera vez, desde el final de la dictadura militar, un presidente que no valora el respeto y la protección de los derechos humanos a partir de los regímenes de las organizaciones internacionales.

El hecho de que Bolsonaro defienda la tortura como medio legítimo para la obtención de pruebas (en el contexto de la dictadura militar) y sea francamente favorable a la Ley de Amnistía que confiere inmunidad a los criminales de la dictadura va a generar un posible enfrentamiento entre su gobierno y el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Brasil ha sido condenado en dos casos que datan del período de la dictadura en la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Caso Araguaia y Caso Vladimir Herzog). Las sentencias están en período de cumplimiento. Pero el tema de la investigación y el castigo por los crímenes contra la humanidad sigue vedado en Brasil por la Ley de Amnistía. Ante las presiones internacionales, ¿decidirá Bolsonaro abandonar la Corte IDH? Lo mismo podría pasar con la membrecía brasileña en el Comité de Derechos Humanos de la ONU. No sería una sorpresa si el gobierno de Bolsonaro se retirara de órganos de derechos humanos que no afectan su membrecía principal con la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la ONU.

En la temática medioambiental, en la que Brasil ejerce un gran liderazgo en los foros internacionales, la política exterior de Bolsonaro podría poner en riesgo el capital político y diplomático del que el país dispone hasta el momento. Eso por dos razones: la primera, porque el Presidente electo quiere revisar la titularidad de importantes territorios indígenas y quilombolas donde la preservación ambiental es comprobada por informes de órganos científicos y de monitoreo ambiental, como el Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE); la segunda por el importante apoyo político que recibe del grupo parlamentario de los ruralistas, que defienden la expansión agrícola sobre áreas de bosque. La deforestación en el país es una de las mayores amenazas a la biodiversidad y a la Amazonia en Brasil.

Previsiones


Todo lo que se afirma aquí está basado en las declaraciones del candidato y en su plan de gobierno. Como diputado federal a lo largo de casi 30 años, sus posiciones no han cambiado casi nada. Los electores que han elegido a Bolsonaro comulgan con la creencia o la percepción de que es un político que no pertenece al sistema y que va a cumplir con sus promesas, dada su independencia. Si se confirma esto, la política exterior de Brasil va a perder diversas características que han sido construidas en el período democrático. La relación preferencial con Argentina, la gran inversión en el proceso de integración regional, la defensa y la apuesta por el multilateralismo, la adhesión a los regímenes internacionales de derechos humanos y, mas recientemente, el incremento de las relaciones Sur-Sur.

Todo ese capital político y diplomático podría diluirse rápidamente (en algunos temas ya empezó a ocurrir con el gobierno Temer). Y la razón principal, aunque no declarada, es la llegada de una nueva ideología de ultraderecha que va a conducir el país y sus relaciones exteriores

Fuente: EsGlobal.com

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