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Noviembre 13, 2019

Por qué los argentinos que ahorran lo hacen en dólares

Daniel Sticco

Argentina ha desarrollado una economía bimonetaria, con pesos y dólares, en la que la mayor parte del tiempo los primeros se mantienen dentro del sistema bancario y los segundos fuera.

Desde los años 70 en que la economía ingresa en la senda de alta inflación y consecuente desmonetización de la economía, entendida por la relación entre el total de depósitos en pesos y el PBI, producto de múltiples factores, pero los más indiscutidos: la pérdida de calidad de las instituciones democráticas; la debida aceptación de la división de poderes que caracteriza a un sistema republicano; el predominio del gasto público por sobre los recursos tributarios; el dominio de la independencia del Banco Central por parte de algunos gobiernos; las recurrentes crisis externas derivada del permanente desaliento al ahorro, la inversión y las exportaciones, con excesivas y siempre crecientes presiones tributarias; e incentivos al consumo interno de producción nacional, se produjeron recurrentes crisis de sector externo (falta de divisas), confiscaciones de depósitos y repetidos estadios recesivos y de default de la deuda pública interna y externa.

La mejor demostración de ese escenario que caracteriza a la economía argentina es la enorme dificultad que tiene para disponer de estadísticas confiables y de rápido acceso con un horizonte superior a los 20 o 30 años, principalmente por la alteración y distorsión que provocó un proceso, desde la inauguración del Banco Central de la República Argentina en 1935, de descontrol de la inflación: acumuló más de 257.000 billones por ciento, un número con 18 ceros, a un ritmo promedio de 54% anual acumulativo, similar al que se transita actualmente, con varios años en el medio de alza de precios a tasas de 3 dígitos al año y 2 con subas de hasta 4 dígitos, como fueron las hiperinflaciones de 1989 y 1990, apenas 30 años atrás.

Frente a ese escenario los cada vez menos agentes económicos que pudieron mantener alguna capacidad de ahorro, muchas veces a costa de descapitalizaciones de activos, junto a aquellos dispuestos a hacer sacrificios extremos de consumos aún esenciales, desarrollaron la práctica de preservar sus excedentes en moneda extranjera, y hacer sus transacciones cada vez menos con una moneda en la que la devaluación es la regla y no la excepción, en particular cuando se trata de bienes durables, o de viajes de placer al resto del mundo.

De ahí que se haya desarrollado una economía bimonetaria, con pesos y dólares, en la que la mayor parte del tiempo los primeros se mantienen dentro del sistema bancario y los segundos fuera, sea en cuentas fuera del país, o en cajas de seguridad y en los “colchones” de los hogares.

Bimonetarismo más afuera que dentro del sistema

Las estadísticas de rápido acceso del Banco Central, desde enero de 2003, como si ese año con el ingreso al poder de una nueva corriente política, aunque bajo las banderas del peronismo, hubiese nacido una nueva argentina, corroboran acabadamente ese proceso: Desde enero de ese año hasta diciembre de 2015 los depósitos en bancos del conjunto del sector privado en pesos representaron entre el 80% y el 95% del total, mientras que los constituidos en moneda extranjera, en su equivalente en pesos, se ubicaron por debajo del 10% hasta 2005; repuntaron hasta el 20% en los 6 años siguientes; hasta que en octubre de 2011 con la imposición del cepo cambiario, luego de la reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, vuelven a perder relevancia y caen a menos del 10% del total, hasta fin de mandato.

Luego, bajo el gobierno de Cambiemos, con el levantamiento de los controles de cambios; la generalizada eliminación de las retenciones sobre las exportaciones; la salida del default parcial de deuda pública de arrastre de comienzo de siglo; y la mejora de las relaciones con el resto del mundo, posibilitaron reconstruir la confianza en las entidades financieras y en un proceso de creciente bimonetarismo y un exitoso blanqueo de capitales, los depósitos privados en pesos comenzaron a bajar su participación a menos del 60% del total y los constituidos en dólares fueron escalando hasta superar por primera vez en 16 años el 40% del total, con más de USD 31.600 millones en el promedio de julio de 2019, previo a las elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO).

En ese período, la “formación de activos externos neto”, como define el Banco Central a la diferencia entre la compra y venta de dólares por parte de los residentes y que publica desde enero 2003 en el balance cambiario, fue de USD 175.000 millones, casi 6 veces el saldo de depósitos privados en moneda extranjera.

En los 3 meses siguientes el escenario cambió radicalmente, los depósitos en pesos comenzaron a caer en términos reales, virtualmente se estancaron en valores nominales mientras que la inflación se aceleró al rango de más de 4% por mes; y los de dólares sufrieron un singular drenaje, se derrumbaron a USD 20.600 millones en el promedio de octubre, y a menos de USD 19.000 millones en los primeros días de noviembre, se redujeron casi el 10% del total de activos externos netos acumulados desde enero de 2003 a octubre de 2019.

De ahí surge, que a los más de USD 250.000 millones de capitales de argentinos fuera del sistema bancario local que se estimaba a fines de 2001 se agregaron unos USD 190.000 millones desde entonces, producto de compras por más de USD 427.000 millones (casi un PBI actual) y ventas (desahorros) por unos USD 237.000 millones.

Claramente, la fresca historia del cepo cambiario extremo; de controles de precios; de convivir largo tiempo con el default parcial del gobierno anterior, vuelve a recuperar el poder a partir del 10 de diciembre, junto con la ausencia de señales claras de política económica y equipos por parte del presidente electo, explican la actitud defensiva de muchos de los agentes económicos tras el resultado de las PASO, y la confirmación, aunque con un margen notoriamente menor en el orden nacional, en octubre.

Y para peor, la ex presidente del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, (23 de enero de 2010 al 18 de noviembre de 2013) durante el cepo cambiario, alentó en los últimos días a la “desdolarización”, como si se pretendiera imponer por decreto, independientemente de la voluntad de los agentes económicos; y provocó la aceleración del retiro de depósitos en moneda extranjera de las entidades bancarias.

Sólo cuando se transite un largo camino de la reconstrucción de la confianza en las instituciones, que requiere consolidar los avances en materia de reducción del déficit fiscal; más por la vía de la contención del gasto y aumento de su eficiente que del aumento de los impuestos; promover el ahorro y la inversión, en un clima de garantía de las libertades para producir y comerciar, sin controles de precios, ni de salarios, ni cepos a las importaciones, ni cupos a las exportaciones, y de discusión de nuevas normas que contribuyan a la modernización de las leyes impositivas, previsionales, laborales y de reforma del Estado, con el objetivo claro de ganar-ganar, a través de potenciar el crecimiento, no hará falta pensar en la desdolarización, porque en ese proceso la moneda por si sola irá recuperando preferencia como no sólo unidad de cuenta y medio de pago, sino principalmente de reserva de valor.

Después de 4 años de singular recuperación de la confianza en el sistema bancario, puesta de manifiesto no sólo en los indicadores de solvencia y liquidez, sino también en la forma en que la población y las empresas fueron confiando sus ahorros en moneda extranjera a la vista, el resultado de la elección y las señales confusas de la nueva conducción sobre su relación con el mundo, provocaron un singular retroceso. Hoy la representatividad de esas colocaciones es la menor en 15 meses.

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