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Mayo 22, 2020

El temor al fin de la cuarentena

Gustavo Ammaturo

Hoy, el COVID-19 sirve de protección tanto para pobres como para ricos, empresarios o trabajadores, empleados o empleadores

Más allá de la utilización política de la cuarentena, a la que estamos acostumbrados gracias a opositores y oficialistas quienes debaten sobre la necesidad o la peligrosidad de poner fin al aislamiento social obligatorio, existen observaciones verdaderamente justificadas que ponen sobre la mesa algo de lo que pocos hablan pero muchos temen.

A continuación comparto algunas opiniones.

¿Qué pasará el día después con la actividad económica?

Argentina venía en un espiral decreciente en su actividad económica, por lo menos desde mediados del año 2018. Al final del Gobierno del presidente Macri, el tipo de cambio entre el peso y el dólar había variado de mínimos de 14 pesos al inicio de su mandato, hasta llegar a 63 pesos en el momento del traspaso con el presidente Fernández.

La deuda pública en diciembre de 2015 era de alrededor de 240.000 millones de dólares y representaba aproximadamente el 54% del PBI. Para fines de 2019 esta misma deuda alcanzó los 310.000 millones de dólares representando casi el 80% del PBI.

El salario real en términos de poder adquisitivo cayó más del 20% durante estos años, pero esa caída fue mucho mayor en los ingresos de los salarios más altos, verificando el achatamiento en la curva de ingresos de las personas en relación de dependencia. Es decir, los empleados de mayor jerarquía que están por fuera de los convenios colectivos de trabajo sin representación gremial, recibieron menos aumentos que los sindicalizados.

Los empresarios de las PyMEs y los emprendedores, que tentados por la propuesta del “cambio” invirtieron en el país durante los años 2016 y 2017 con un tipo de cambio de referencia en 17 pesos, difícilmente puedan recuperar, en su mayoría, el poder adquisitivo de esas inversiones, ni pensar en generar ganancias.

La pandemia nos encontró con una economía en caída libre, apenas sostenida por la esperanza de tiempos mejores producto de un nuevo gobierno. A duras penas, industriales y comerciantes sostenían la cadena de pagos en defensa de sus antecedentes comerciales que los pondrían en mejor situación frente a bancos y clientes para cuando la actividad se reiniciara. Pero esto no ocurrió.

Hoy el COVID-19 sirve de protección tanto para pobres como para ricos, empresarios o trabajadores, empleados o empleadores.

Por un lado, los pobres, que cada vez son más, reciben la asistencia mínima para acceder a cubrir algunas necesidades básicas, careciendo de alternativas para cambiar sus circunstancias pues el empleo es escaso y más para los puestos poco calificados.

Por otro, los ricos, que frente a la devaluación brutal del peso viven en un país más barato en términos de moneda dura, ven reducido el impacto tributario por la disminución en la persecución recaudatoria que la AFIP realiza y la postergación en el pago de los impuestos.

Los empresarios, que esperan que algo mágico suceda mientras reciben subsidios a los salarios y dejan de pagar las deudas contraídas en el pasado -- amparados por una justicia que está en stand by – como también sus acreedores, que prefieren anotar sus créditos antes de asumir los quebrantos por incobrables.

Finalmente, por el lado de los empleados, que el subsidio al salario y la prohibición de despido acompaña a modo de placebo la preocupación real al ver que si el empleador pierde dinero en su negocio, no durará por mucho tiempo su fuente laboral.

Las contingencias sanitarias que pueden producirse al liberar las distintas ramas de la industria y el comercio, fortalecen la idea de continuar con una cuarentena estricta. Durante estas últimas semanas se han detectado decenas de casos en obreros de la construcción contagiados con el virus en sus puestos de trabajo.

Por este motivo, el COVID-19 se ha convertido en un escudo cuya fortaleza radica en la negación de una realidad económica sostenida por una política monetaria que destruirá a nuestro debilitado peso.

Emitir para subsidiar a pobres, desempleados y jubilados.

Emitir para cubrir los salarios de las pymes afectadas por la cuarentena obligatoria.

Emitir para cubrir a las grandes compañías que podrían despedir a sus nóminas.

Emitir para asistir a provincias y municipios en el pago de sus compromisos.

Emitir para solventar los costos de un Estado que ha dejado de recaudar.

El COVID-19 entonces es un blindaje hecho de una aleación, mezcla de negociación y emisión. Ya sabemos que ambas sustancias son poco resistentes al paso del tiempo.

El valor de una moneda radica fundamentalmente en la confianza que sus tenedores tienen en ella. Esta confianza puede venir por el convencimiento de la gente, generalmente basado en la experiencia que ha tenido ahorrando y comercializando a través de ese medio; o por la necesidad de contar con un medio de pago, pero no de atesoramiento.

En la actualidad el peso argentino es exclusivamente un medio de pago. La historia nos ha demostrado sobradas veces que no es un vehículo para el ahorro. Como medio de pago es antiguo y caro para el uso. Demanda emisión y logística costosa. Es oportuno para el robo y otro tipo de estafas. Promueve la economía paralela y dificultad el control para el delito de lavado de activos.

Es decir, el peso tal cual lo conocemos no ha sido de utilidad para ahorrar, es costoso e ineficaz como medio de pago.

Pero esta realidad puede ser una oportunidad. Argentina es el país ideal para iniciar la política monetaria de los tiempos que se vienen basada en la utilización de dos monedas digitales, ambas de curso legal.

Están dadas las condiciones para que tengamos una moneda extremadamente sólida basada en un criterio de emisión finito, imposible de alterar, en donde la confianza venga de la tecnología y no de las leyes y un poder judicial devaluado.

El algoritmo del Bitcoin, que propone una emisión de 21 millones de unidades, ha recolectado alrededor del mundo inversiones por cientos de miles de millones de dólares. Muchos más que los que pudo juntar nuestro peso tradicional. Tener una moneda digital soberana sería un hecho inédito y revelador pues servirá de vaso comunicador entre la antigua y la nueva economía.

Este activo digital será el vehículo ideal para realizar colocaciones financieras a largo plazo como instrumento para fomentar el ahorro y el desarrollo de mercados de capitales.

Por otro lado otra moneda referida al PBI sería la de utilización diaria que iría reemplazando al peso tradicional con el transcurso del tiempo. Esta será la herramienta de política monetaria por naturaleza mientras que la anterior sustituirá al dólar como reserva de valor y tipo de cambio de referencia para el comercio internacional.

El escudo protector del COVID-19 podría desintegrarse de un momento a otro. La tecnología ha puesto un faro que ilumina el destino de nuestra economía.

 

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