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Junio 12, 2020

Nadie abandona el barco

Sebastián Maril

Cuando a una sociedad se le impone un cambio de sus tradiciones y se busca reescribir su historia, pega un “volantazo” y detiene todo intento de continuar con esta transformación fundamental

En octubre de 2008, a menos de una semana de las elecciones presidenciales, el entonces candidato a presidente de los Estados Unidos Barack Obama, pronunció lo que tal vez haya sido su frase más reveladora e importante como político: “Estamos a cinco días de transformar fundamentalmente a los Estados Unidos de América”. En aquél momento, pocos entendieron el significado de estas palabras, pero aquellos que sí, encendieron una luz de alarma que fue ignorada por la clase política norteamericana hasta el 2016, cuando un “gigante dormido” se despertó y rompió con 230 años de tradición política.

Desde la presidencia de George Bush padre, pasando por Bill Clinton, George Bush hijo, Barack Obama, y hasta llegar al 8 de noviembre de 2016, el norteamericano pasó de ser una persona abierta, libre, capitalista, religiosa y autosuficiente, a transformarse en un ser progresista, estado-dependiente, laico y permisivo, semejante a un social-demócrata europeo. Esta es la transformación de la cual habló Obama en 2008 y que durante sus ocho años como presidente, buscó acelerar.

Sin embargo, cuando a una sociedad se le impone un cambio de su esencia, de sus tradiciones, de su cultura, de sus emblemas, de su patrimonio y se intenta reescribir su historia, pega un “volantazo” y detiene todo intento de continuar con esta transformación fundamental. Esto es lo que ocurrió en 2016.

Las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de aquél año, enfrentaron a un sector del electorado que deseaba continuar con este cambio cultural, social y demográfico iniciado con la presidencia de Bush padre, con un segmento de la sociedad que quería defender las tradiciones heredadas de los padres fundadores.

La transformación lenta pero constante de la sociedad norteamericana a lo largo de los últimos 30 años, despertó a un gigante dormido quien encontró en Donald Trump a su principal referente, y lo puso en la Casa Blanca para que actúe como el megáfono de sus reclamos e impida el avance de este cambio, impuesto por los grandes polos urbanos y cosmopolitas, pero rechazado por el interior rural del país. Este sector de la sociedad, ha visto como desde el primer día de la presidencia de Donald Trump, aquellos que deseaban continuar con la transformación fundamental de los Estados Unidos de América, no detuvieron su andar y buscaron bloquear la agenda del presidente con investigaciones, escándalos, llegando hasta el ya conocido juicio político en febrero de este año.

Hoy, el electorado que llevó a Trump a la presidencia no piensa abandonarlo a pesar de “la crisis o escándalo del día”. Estas personas no abandonan el barco porque para ellos, a diferencia de lo que leen y escuchan, el barco no se hunde. Saben muy bien lo que está en juego y son los mismos motivos que llevaron a este sector de la sociedad norteamericana, a este gigante dormido, a romper con más de 200 años de tradición política y poner en la Casa Blanca a la persona considerada como la menos apropiada para ejercer las responsabilidades de presidente de la primera potencia mundial.

No existe un manual, una enciclopedia, un libro de texto, un politólogo, un analista o un experto que pueda explicar la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016, si solo utiliza la nutrida historia de elecciones presidenciales de los EE.UU. como la base de su análisis. También es necesario utilizar el sentido común.

Estados Unidos no es solo Nueva York, Miami, Los Angeles, San Francisco, Washington, Chicago, Disney o el Aventura Mall. Los tradicionales destinos turísticos. Estados Unidos es también aquellas ciudades y regiones rara vez frecuentadas por los turistas donde se encuentran las tradiciones que llevaron a esta Nación a ser la más próspera, innovadora, libre, generosa, poderosa y justa en la historia. Es la Mecca de todo aquel ser humano que abandona su tierra en búsqueda de una vida mejor.

Por este motivo, cuando sus ciudadanos ven que hay interesados en cambiarla fundamentalmente, pegan un volantazo y ponen en la Casa Blanca a aquella persona que esté dispuesta a hacer lo que sea necesario hacer por defender lo que tal vez sea el último bastión capitalista y libre en el planeta. No importan las consecuencias. Recordemos que meses antes de la llegada de Trump al poder, los británicos también frenaron un cambio fundamental impuesto por Bruselas. No nos equivoquemos, Brexit no ocurrió como consecuencia de un problema económico, sino que fue exclusivamente una respuesta un cambio cultural impuesto en una sociedad orgullosa de su historia.

Hoy, nos encontramos un Estados Unidos donde estatuas están siendo removidas, banderas prohibidas, nombres de calles reemplazados y hasta películas históricamente aclamadas por la prensa mundial y receptoras de numerosos Premios Oscar, prohibidas por los mismos estudios que se llenaron sus arcas de dinero por haberlas producido. Políticos aprovechan de manera vergonzosa un hecho lamentable para introducir proyectos de ley que eliminen emblemas históricos de lugares públicos. Emblemas que han estado en esos lugares hace más de 100 años y ahora se les ocurre removerlos por ser ofensivos.

Todo esto como consecuencia de la violencia policial hacia ciudadanos de raza negra, generado por la muerte de un ciudadano afro-americano en manos de un oficial de policía en la ciudad de Minneapolis. Este no es el espacio para discutir estadísticas que favorezcan o contradigan si realmente existe un marcado nivel de intolerancia policial hacia un sector de la población. Existen numerosos informes que muestran cifras concretas y cada uno puede sacar sus propias conclusiones.

Pero si es necesario dejar algo en claro: en Estados Unidos existe el racismo pero no es un país racista.

¿Sabíamos que en Estados Unidos el 19% de todas las uniones civiles o religiosas son interraciales? ¿Sabíamos que los norteamericanos votaron a un afro-americano como presidente…dos veces? Existen innumerables ejemplos que muestran como la sociedad norteamericana no es racista aunque si existen racistas, como ocurre en todo el mundo. Pocos países se salvan de tener un sector de la sociedad que no tenga prejuicios hacia otro, pero esto no los hace países racistas.

El racismo no se elimina con leyes, no lo erradica Washington. Si fuese tan sencillo, alguien debe explicarme porqué Obama no pudo hacerlo durante sus ocho años en la Casa Blanca y con el Congreso a favor. El racismo se empieza a erradicar con concientización ciudadana, con educación, y esto empieza en casa. Y, aunque parezca mentira, la sociedad norteamericana es consciente de su nefasto pasado, pero también es una sociedad orgullosa por haberlo dejado atrás.

Por este motivo, cuando un hecho repudiable como el que vimos en Minneapolis genera semejante ataque hacia todo aquello que representa la historia, la tradición y la cultura de una gran Nación, genera una reacción en este gigante dormido que entiende a la perfección la intencionalidad política detrás de semejante reacción desmedida. Saben que como sociedad no son racistas y les duele que existan compatriotas que busquen generar este tipo de división.

Este gigante dormido, que despertó durante el ciclo electoral 2016, no dudará en hacerse escuchar una vez más en noviembre del corriente año, porque sabe que la población norteamericana es civilizada, noble y comprensiva de los problemas de sus vecinos.

No estoy convencido que una crisis económica causada por la inesperada visita de un virus o unos disturbios sociales generados por un hecho que cada presidente de los Estados Unidos ha tenido que enfrentar desde al menos Jimmy Carter, provoque el abandono masivo de la población a la candidatura de Trump, especialmente cuando en frente se encuentra todo aquello que los norteamericanos votaron en contra en 2016. Aquellos que cuestionan al presidente norteamericano y lo culpan por todo, deberían antes preguntarse porqué Trump llegó a la presidencia en un país donde nadie llega a la presidencia por casualidad. Deberían preguntarse si eran necesarios tantos escándalos, crisis, investigaciones y hasta un juicio político, para que todo quede en la nada.

Si la Estatua de la Libertad hoy se esconde para no ser removida por aquellos que buscan reescribir la historia, entonces Trump puede estar tranquilo que los mismos que lo llevaron a la Casa Blanca hace cuatro años, le garantizarán la reelección en noviembre.

El tiempo dirá si me equivoco.

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