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Julio 27, 2020

Algunos ven una operación política, otros el fracaso de un presidente

Sebastián Maril

En la política de los EE.UU., nada es lo que parece ser

Es muy difícil encontrar una Nación que a lo largo de su historia haya generado la cantidad de escándalos políticos como los ha generado Estados Unidos. Desde Chappaquiddick (1969), Watergate (1972-1974), pasando por el Iran-Contra (1986-1989), los Cinco de Keating (1990) y hasta Mónica Lewinsky (1998), el ámbito político norteamericano ha sido el epicentro de numerosas controversias que han terminado con las aspiraciones presidenciales de muchos candidatos, con las carreras senadores y congresistas y con la única renuncia en la historia de un presidente en función. Quién puede olvidar la batalla legal Bush-Gore (2000), Whitewater (1996), Valerie Palme (2015), Rápidos y Furiosos (2015) y Benghazi (2012).

Sin embargo, no existe político norteamericano o persona relacionada con la política de los EE.UU. que haya estado involucrado en tantos escándalos políticos como Donald Trump. Desde que anunció su candidatura a Presidente en junio de 2015, el magnate neoyorquino ha estado asociado con un sinfín de controversias que no impidieron su elección en 2016 y tampoco terminaron prematuramente con su mandato presidencial.

La política norteamericana es apasionante. Su complejo pero justo proceso electoral, la participación ciudadana en cada ciclo presidencial y la abundante disponibilidad de información para que cada elector vote de manera informada, contribuyen a que ningún candidato llegue a la Casa Blanca por casualidad. Los presidentes norteamericanos atraviesan un largo y riguroso proceso de elección que deja en evidencia cada aspecto de la vida personal y revela su ideología política sin dejar posibilidad a cualquier sorpresa una vez que lleguen a la Casa Blanca.

Trump es un claro ejemplo de esta realidad. Desde junio de 2015, cuando anunció su candidatura, hasta el 8 de noviembre de 2016, cuando venció a Hillary Clinton, el ámbito político norteamericano, los medios y el mismo Trump, se ocuparon de poner en escena al verdadero candidato. En otras palabras, el Trump de hoy es el mismo Trump de la campaña presidencial de 2016. Una persona rodeada de controversias y escándalos que logró captar el voto de un sector de la población por lo que representaba para ellos y no por quién era. Hoy, este grupo de personas evalúa entre reelegirlo u optar por su rival Demócrata.

Durante la recta final de cada ciclo electoral, el aparato político de cada partido pone en marcha su campaña de desprestigio del candidato del partido opuesto. Sin embargo, da la impresión que la campaña presidencial de 2016, aún no culminó, porque EE.UU. no ha tenido ni un minuto de pax política durante los cuatro años del primer mandato de Donald Trump.

Rusiagate, Ucraniagate (que provocó el impeachment del presidente), encarcelamientos de funcionarios y el actual levantamiento social que vemos en varias ciudades, son algunos de las controversias atribuidas al presidente de los EE.UU.

¿Son ciertas o producidas por una oposición que aun no logra aceptar la derrota de hace cuatro años? ¿Es Trump tan inepto o existe un sector de Washington que teme todo aquello que representa el presidente y busca debilitarlo sin importar los medios?

Para un grupo representativo de la población es muy clara la intencionalidad política que existe detrás de los actuales disturbios y prensa exclusivamente negativa que tiene Trump. Para ellos, el establishment Republicano y Demócrata buscan terminar prematuramente con un presidente que solo quiere cuidar las tradiciones libres, autosuficientes, religiosas y capitalistas, que hicieron de EE.UU. la única nación en el planeta que haya logrado mantener su hegemonía durante toda su historia. Para este sector de la población, Trump es la última barrera que existe antes que una ideología socialdemócrata europea, progresista, estado-dependiente, laica y permisiva, invada el EE.UU. rural, profundo y conservador.

Para otro sector, el caos que vive EE.UU. es simplemente el producto de una presidencia fallida, que tuvo tres años de auge económico, pero ahora paga las consecuencias de una acumulación de errores de agenda política. Para este sector, es mejor la alternativa que reelegir a Trump en un país donde en los últimos 40 años, solo dos presidentes, Carter en 1980 y Bush en 1992, no lograron la reelección. Para estas personas, casi exclusivamente residentes de las grandes urbes, Trump es una persona que divide, confronta y menosprecia.

En la política de los EE.UU., nada es lo que parece ser. Es necesario ver la película y no solo la foto. Para entender lo que ocurre, no basta con leer títulos y escuchar especialistas. EE.UU. es un país complejo, donde los 50 estados y Washington DC votan de manera independiente, como si fuesen países diferentes.

Para muchos, la presidencia de Trump fue un fracaso, mientras que para otros no existe mejor presidente para combatir las presiones externas que hoy tiene EE.UU. que Donald Trump. Y por este motivo concluyen que existe una campaña de desprestigio constante que tiene como único objetivo evitar su reelección.

Estamos a 100 días de conocer qué realidad se impone.

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