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Septiembre 21, 2020

Argentina: El país del Big Bang pero al revés

Gustavo Ammaturo

Frente a la necesidad de mejorar el consumo local, incrementar las inversiones en su territorio y progresar como país, naciones de todo el mundo han salido a la caza de ricos, creativos y emprendedores. Argentina, hace lo opuesto.

Se conoce a Georges Lemaître como el “padre del Big Bang”.

Lemaître fue un religioso y científico, nacido en Bélgica, hacia finales del siglo XIX. Sacerdote, matemático, astrónomo y profesor de física, quizas esta combinación de ciencias duras con la espiritualidad religiosa sirvieron de caldo de cultivo para mezclar conocimiento, percepción e imaginación y llegar a deducir, algo que tal vez, sea la piedra fundacional para el entendimiento de la evolución del Universo.

Para explicar de manera simple la teoría del Big Bang podemos decir que en algún momento, concretamente hace más de 13.200 millones de años toda la energía del universo se encontraba concentrada en un solo punto.

Se produce una enorme explosion, de ahí el término de Big Bang, formándose los primeros protones, neutrones y electrones. Los protones y neutrones se fueron organizando en núcleos de átomos. Sin embargo, los electrones dado su carga eléctrica, se organizaron alrededor de ellos. De esta forma se originó la materia.

Todo el universo y lo que él contiene es producto de la expansión y combinación de la materia que se formó luego de esa enorme explosión. Pequeñas partículas se agrupan creando estrellas y galaxias.

Desde aquel momento este proceso continúa ininterrumpidamente, la explosión ha dado paso a la expansión.

En cierto modo la economía del mundo sigue un fenómeno parecido.

Desde que el hombre tiene uso de razón, las posibilidades de generar recursos, administrarlos, atesorarlos y consumirlos se expanden continuamente. Siglo tras siglo, la humanidad en general, tiene acceso a mayor oferta de bienes y servicios. Las ciudades se expanden desarrollando nuevos barrios y urbanizaciones vinculadas por medio de nuevas autopistas y calles. La riqueza aumenta y se derrama generando nuevos ricos que han sacado provecho de las oportunidades que una economía en expansión ha traído a sus bolsillos. Sobra mencionar que los hombres más ricos del mundo de nuestros tiempos han hecho su fortuna durante sus años de vida, en una única generación, incluso muchos de ellos son jóvenes que no superan los 30 años de edad, es decir que no son herederos, sino “self made men”, hombres que han triunfado por sus propios méritos. Existe una clase masiva de millonarios en los países desarrollados y esta tendencia crece.

La riqueza en los países desarrollados distribuye riqueza.

Mientras tanto en Argentina se produce el fenómeno inverso: somos el Big Bang pero al revés.

Desde hace algunos años, al menos los últimos 6, nuestro país desde el punto de vista económico implosiona.

Al igual que cuando una estrella registra una presión inferior a la exterior se va haciendo cada vez más pequeña hasta que se transforma en nebulosa planetaria, la riqueza que se puede generar en la Argentina cada vez es más pequeña y por lo tanto las pocas actividades rentables concentran al decadente poder de compra.

Las políticas públicas de aumentar la presión fiscal para distribuir mejor la riqueza ya no producen resultado pues la oferta de los bienes y servicios básicos es tan concentrada que cualquier medida de expansión monetaria se traslada a precio automáticamente. Cualquier acción que pretenda mejorar la distribución del ingreso redundará en un aumento en los precios de los bienes para luego diluir el efecto distributivo.

La libre competencia es sin duda el mejor regulador, pero frente a la concentración de la oferta, al menos en productos y servicios esenciales, la intervención o la regulación sirven como hándicap para que pequeños y nuevos oferentes puedan crecer y desarrollarse.

La concentración de la riqueza además de marginar y acentuar las diferencias en poder satisfacer necesidades y deseos, produce distorsiones en los precios relativos de bienes y servicios.

Si analizamos cuántos sueldos básicos vale un auto, una casa, una pizza o un dólar, veremos que el asalariado es el gran perdedor. El poder adquisitivo decreciente de la población en su inmensa mayoría, además, genera nuevos pobres en todos aquellos que proveen bienes y servicios a estos estratos sociales. En cambio, quienes poseen ingresos o ahorros en moneda dura ven crecer su poder adquisitivo fruto de una economía cada vez más pequeña.

Observamos fenómenos tan distorsivos como que durante estos años de recesión e inflación se vendieron más autos de alta gama que en otros de expansión económica, o por ejemplo, que los valores de los alquileres por temporada en las casas de Nordelta duplican su valor en dólares billete entre este año y el anterior. Mientras que por el otro lado, a los autos usados de menor valor les cuesta mantener su precio en pesos devaluados, o que los alquileres de casas o departamentos de los barrios de la ciudad y el conurbano registran moras extraordinarias en sus pagos y lejos están de pensar en actualizaciones a los precios en pesos, que siguen indefinidamente congelados.

Los gastos básicos para sostener a una familia son imposibles de ser asumidos por la gran mayoría de los argentinos. Basta con observar que para nuestro país se considera un muy buen ingreso percibir $140.000 por mes, mientras que en Europa, los mil euros, equivalentes a esos pesos, son la base de la pirámide de ingresos.

En medio de este dislate económico, hay países que entendieron los mensajes de la evolución socioeconómica del mundo.

Frente a la necesidad de mejorar el consumo local y las inversiones en su territorio, naciones de todo el mundo han salido a la caza de ricos, creativos y emprendedores.

Han entendido que para distribuir primero hay que generar o tener. Ya no son solo los paraísos fiscales los que proponen reducciones impositivas o regímenes promocionales para la radicación de empresas.

Países como España y Portugal han modificado sus leyes tributarias para convocar nuevos residentes.

La pelea es feroz, sin ir más lejos nuestros vecinos nos tienen rodeados de ofrecimientos, Chile, Uruguay y Paraguay, cuentan con incentivos impositivos y políticas para fomentar la radicación de empresas, fortunas y personas.

La globalización junto con las telecomunicaciones permiten conservar los lazos familiares y de amistad en la distancia. La cuarentena producto de la pandemia está generando nuevos hábitos en la sociedad. Mucha gente se acostumbra a relacionarse por video, trabajar, jugar o festejar por medios de comunicación se ha vuelto algo rutinario. Incluso esta tendencia seguirá post cuarentena. Las necesidades del arraigo, de aferrarse a la tierra que nacimos podrían no ser las mismas para todos los casos durante los próximos años.

Si a estos factores les sumamos la inseguridad en las calles y en la administración de justicia, permanecer en nuestro país es una cuestión romántica, careciente de cualquier lógica.

La intención de ir a vivir a otros países aumenta año tras año y los que se van son los pagadores de impuestos.

La famosa patria financiera, las trabas burocráticas, el cambio permanente de reglas, todo soportado por una enorme inseguridad jurídica expulsan a los emprendedores e inversores de largo plazo, a los creativos y a los que creemos en la ley y el orden.

Todas ellas manifestaciones del achicamiento y concentración de la materia hacia un punto.

Más pobres y menos ricos.

La involución sostenida aleja las posibilidades de expansión y crecimiento.

Nuestro Universo implosiona.

Despertemos antes que dejemos de ser materia y desaparezcamos del Universo.

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