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Septiembre 23, 2020

Los bárbaros están en las puertas

Sebastián Maril

Para muchos, Trump es la última barrera de contención que impide que aquellos que buscan la transformación fundamental de los Estados Unidos de América se adueñen del país.

“Este es el tema central de estas elecciones. Si creemos en nuestra capacidad de autogobierno y libertad o si abandonamos todo aquello por lo que luchamos durante la revolución y sucumbimos a que una pequeña élite intelectual en una capital lejana puede planificar nuestras vidas mejor que nosotros mismos “. Ronald Reagan.

¿Por qué tengo miedo? ¿A caso no es algo positivo para Estados Unidos que ese personaje malhablado, tosco, siempre polémico, con un peinado golpista sea rechazado por el electorado el próximo 3 de noviembre? ¿No se beneficiará el país si ese bully adolescente que ha liderado la degradación más notable de la política norteamericana es forzado a abandonar la Casa Blanca?

En 2015, comencé a escribir sobre la campaña presidencial de los EE.UU. opinando que de los 17 candidatos que presentó el Partido Republicano, Trump era el menos apropiado y el peor preparado para gobernar el país. Al fin y al cabo, desde que descendió en las escaleras doradas del Trump Towers en Nueva York aquel 15 de junio de 2015 para anunciar su candidatura presidencial, no dejó de desafiar a más de 200 años de tradición política, presentándose como el amigo solterón del asado de los domingos, chocante y mujeriego, y no como el típico candidato diplomático al que EE.UU. nos tenía acostumbrados.

Pero con el tiempo, me di cuenta que algo había ocurrido en el país para que el electorado mostrara tanto interés en un candidato que era la antítesis del entonces residente de la Casa Blanca, Barack Obama.

Gracias a una serie de circunstancias que no tienen lugar en esta columna, tuve la oportunidad de estudiar y trabajar en Estados Unidos durante casi 15 años. Llamé hogar a los estados de Nueva York, Connecticut y Arizona, donde aprendí que EE.UU. es un conjunto de 50 países diferentes con sus tradiciones, sus ideologías y sus numerosas visiones sobre cómo debe ser el futuro de la Nación más próspera de la historia.

Aquellos que inicialmente criticábamos al presidente Donald Trump rápidamente entendimos porqué, en 2016, los Republicanos ganaron la Casa Blanca, la Cámara Baja, el Senado y 33 de 50 gobernaciones, cuando la presidencia de Obama aparentemente había sido tan buena y cuando Hillary Clinton, una candidata supuestamente formidable, debía reemplazarlo. Sin embargo, nadie llega a la presidencia de los EE.UU. por casualidad y como muchos, critiqué a Donald Trump por quién era sin sentarme a analizar qué representaba.

No transcurrió mucho tiempo para que entendiera la imperceptible transformación que había sufrido la sociedad norteamericana para que el electorado ponga en escena a un personaje como Trump.

Desde ese momento, mi apoyo hacia el neoyorquino ha sido incondicional, especialmente porque es la única barrera de contención que EE.UU. tiene contra los bárbaros que buscan la transformación fundamental de los Estados Unidos de América.

Me parece que ha llegado el momento de ignorar a ese instinto que todos llevamos adentro quien durante cuatro años nos obligó a criticar superficialmente a Donald Trump y que nos impidió una y otra vez dedicar tan solo unos minutos de nuestros días para entender qué representa Trump para Estados Unidos y para el norteamericano que lo votó. Si no somos capaces de realizar este ejercicio, continuaremos cayendo en la misma trampa. Todos somos libres de oponernos a una persona, a una ideología a un Gobierno. Pero es necesario antes entender bien el porqué detrás de cada persona, ideología y Gobierno.

Trump, para explicarlo de manera simple, representa el EE.UU. que todos conocemos. Un país libre, justo, capitalista, autosuficiente, religioso, e innovador. Mecca de todo inmigrante que abandona su hogar en búsqueda un futuro mejor. Capital financiera, coloso industrial, polo tecnológico, cuna académica y potencia militar.

Los bárbaros, representados por el establishment Republicano, por el Partido Demócrata, por medios y por las elites de las grandes urbes, representan el EE.UU. socialdemócrata europeo, estado-dependiente, laico y permisivo. Un país que busca nivelar hacia abajo su poderío ya que ninguna nación libre es capaz de hacerle sombra. Muchos desean Kansas se asemeje a California, que Texas adopte “la forma de ser” de Nueva York, que Idaho sea como sus vecinos Oregón y Washington.

EE.UU. sin Trump será un país donde el sistema bipartidista dejará de existir. Los Demócratas quieren eliminar el Colegio Electoral, el sistema que utiliza el país para elegir presidente y el más apropiado para una Nación que fue fundado y continúa siendo una República representativa y no una Democracia.

Si Trump cae derrotado, los Demócratas propobdrán la incorporación de dos nuevos estados: Washington DC y Puerto Rico, y así sumar cuatro senadores adicionales (dos por estado), eliminando cualquier posibilidad de mayoría Republicana en el Senado durante numerosos ciclos electorales.

Una Casa Blanca Demócrata con un Congreso aliado, logrará modificar la Constitución, especialmente eliminar la Segunda Enmienda, que protege el derecho del pueblo estadounidense a poseer y portar armas.

Pero el Partido Demócrata no se detendrá ahí. De ser mayoría y de llegar a la presidencia, ofrecerán amnistía y la ciudadanía a más de 40 millones de residentes ilegales que, en futuras elecciones, no dudarán en votar al partido que les otorgó el derecho a residir legalmente en el país al cuan emigraron. ¡Adiós Partido Republicano!

También buscarán añadir cuatro jueces vitalicios a la Corte Suprema, garantizando así una corte progresista durante varias décadas. ¿Ahora nos damos cuenta de la importancia que tiene el fallecimiento de la Juez Ruth Bader Ginsburg el viernes pasado?

Pero lo que más temo es la latente posibilidad que el EE.UU. que todos, absolutamente todos conocemos, dejará de existir. Rápidamente se transformará en una Nación que nunca fue y que gracias a ser capitalista, autosuficiente y libre, hasta hoy, ha rechazado todo intento de ser cambiada.

El Partido Demócrata de John Fitzgerald Kennedy ha sufrido una profunda transformación en los últimos años y solo ha sido capaz de ofrecer referentes y líderes que simpatizan más con la extrema izquierda. Sanders, Warren, Ocasio-Cortez, Harris, Biden y Obama, son algunos de estos nombres.

No debemos confundirnos: Trump no representa a la extrema derecha, sino que el espectro político norteamericano, tanto Republicanos como también los Demócratas, se han movido hacia la izquierda. Trump, en simples términos, representa la visión de país de Reagan, mientras que Biden representa la visión de país de Trudeau, Macron y Pedro Sanchez. Estados Unidos no está preparado para ser un país europeo y por eso se transformará en algo irreconocible. Así está pensado.

Tengo miedo porque corre peligro el país de Henry Ford, de Thomas Edison, de Graham Bell, de Benjamin Franklin, de Samuel Morse, de Nikola Tesla, de Eli Whitney, de Charles Goodyear, de Steve Jobs y de Samuel Colt. Corre peligro de sufrir una transformación irreparable el país de Martin Luther King, Amelia Earhart, Harriet Tubman, Rosa Parks y de Sacagawea. El país de grandes presidentes como Washington, Adams, Jefferson, Lincoln, FDR, Kennedy y Reagan, dejará se ser ese país que ellos construyeron y, en algunos casos, dieron sus vidas.

Estamos ante las elecciones presidenciales de los Estados Unidos más importantes de la historia. Los bárbaros están en las puertas y quedan pocas semanas para saber si logran derribar esa barrera de contención llamada Donald J. Trump.

 

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