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Septiembre 29, 2020

Todos los caminos conducen al dólar

Gustavo Ammaturo

En la lógica búsqueda de la supervivencia los argentinos hemos desarrollado habilidades, costumbres y vicios producto de las experiencias “exitosas” de un pasado que vuelve cíclicamente.

Algunas de las características propias de todo ser vivo son nacer, sobrevivir, reproducirse y morir.

Los argentinos no escapamos a estas cualidades.

En la lógica búsqueda de la supervivencia hemos desarrollado habilidades, costumbres y vicios producto de las experiencias “exitosas” de un pasado que vuelve cíclicamente.

El dinero es una de las herramientas que el hombre ha diseñado para facilitar y proyectar su supervivencia.

Además de servir como común denominador de los bienes y servicios que se ofrecen en la economía, hace de batería que acumula energía cuando se postergan consumos, de eso se trata el ahorro.

Baterías que guardan energía para utilizarse en un momento futuro, que en ocasiones, pueden servir para que otros interesados las usen para generar más energía, compartiendo parte de esa nueva generación con quien ofreció la propia y así sucesivamente. A este ciclo lo llamamos inversión.

En resumen, el ahorro es producto de los ingresos remanentes, fruto de los consumos postergados y acumulados. La inversión es la utilización de dichos ahorros para que, a través de algún proceso de generación de dinero se pueda mejorar las potencialidades de consumir a futuro.

Es decir que alguien que invierte en definitiva apuesta a que el esfuerzo, producto de su presente postergación, le permita adquirir más bienes y servicios en el futuro.

Ahora, imaginemos que existe una batería que carece de la posibilidad de acumular energía en el tiempo. Habría que consumirla rápidamente, pues cuanto más se tarda en aplicarla menos se tiene.

La experiencia, consejera del instinto de supervivencia, indicaría que no es conveniente guardar para mañana lo que se puede consumir hoy, pues la pérdida permanente de ese poder de compra hace que cada día que pasa menos podremos adquirir.

Esta situación produce algunos fenómenos.

Principalmente que quien no encuentra una forma mejor de proteger su capacidad de compra a futuro no lo postergue, en consecuencia lo gaste, desalentando al ahorro, que como vimos anteriormente es una de la fuentes de generación de mayor valor y riqueza a través de la inversión.

Para el caso de quienes decidan seguir postergando consumos, la alternativa que les queda es buscar “otras baterias o medios de acumulacion de energia” que les permitan conservar y si es posible aumentar, como consecuencia del esfuerzo que representa diferir sus compras.

El mundo desarrollado ha entendido estas circunstancias y gran parte de sus instituciones, leyes y regulaciones se orientan en este sentido, brindar al ahorrista las condiciones ideales para que asigne sus consumos postergados al desarrollo de las actividades económicas con la expectativa de mejorar sus poder adquisitivo al hacerlo.

Cuando hablamos de condiciones ideales existe una que prevalece por sobre todas que es la confianza.

Sin confianza no hay inversión, ni ahorro y en ocasiones tampoco hay dinero.

De más estaría llenar estas páginas con números y ejemplos que recuerdan la pérdida de poder adquisitivo que ha sufrido el peso argentino durante los últimos 70 años, poniendo en evidencia la falta de una política de estado sostenible y sostenida en el tiempo.

Todos los caminos conducen al dólar.

Parafraseando al refrán romano que refería a que toda la red de caminos del imperio conducían a su capital Roma, en la Argentina la historia, el modelo fiscal, los instrumentos para el ahorro y la política monetaria conducen al dólar.

Probablemente para los millennials sea difícil imaginar que hace apenas 20 años un peso equivalía a un dólar y quizás menos nos crean cuando le contemos que esa paridad se dio durante 10 años. ¿Cómo explicar que nuestra moneda valga menos de un céntimo de lo que valía, sin haber pasado por catástrofes climáticas, bélicas o guerras civiles?. Aquí algunas de las explicaciones;

El sistema tributario argentino protege al ahorrista en dólares y castiga al que guarda pesos.

Por ejemplo, si una persona invierte sus ahorros en pesos en un plazo fijo, difícilmente pueda mantener el poder adquisitivo de su dinero en el tiempo, pues desde hace bastante tiempo las tasas de interés ofrecidas son negativas, es decir menores a la inflación, que es la manera en la que medimos las variaciones de los precios en las cosas que podemos comprar. Si además consideramos que los intereses a plazo fijo se encuentra alcanzado por el impuesto a las ganancias la pérdida real del poder de compra es mayor, es decir que el regulador contribuye con la carga tributaria directa a reducir el poder de compra del ahorrista, ya disminuido por el impuesto inflacionario. Ahorrar en pesos tiene una doble carga impositiva.

Imaginemos que un ahorrista está dispuesto a correr más riesgo invirtiendo su dinero en préstamos a empresas o personas físicas a tasas de interés mayores a las que ofrece una entidad bancaria. En este caso el impuesto a las ganancias es del 35% para personas físicas y del 30% para empresas, es decir que para, solamente,conservar las posibilidades de compra del ahorro, un inversor debería colocar como mínimo su dinero a una tasa de interés al menos un 40% mayor a la tasa de inflación, si esta fuera del 40%, el préstamo debería ser al menos a una tasa del 56% anual. Pocos negocios permiten afrontar estos costos financieros, con lo cual el riesgo de incobrabilidad es importante, pero al sistema tributario esto no le importa.

Si un deudor dejara de pagar su deuda, el acreedor debería computar los intereses no percibidos como resultado positivo y pagar el impuesto a la ganancia que no tuvo. Solo frente a una acción legal podría cambiar de categoría el crédito y luego de haber transcurrido un ejercicio desde el incumplimiento, mientras tanto deberá agregar a su pérdida el pago del impuesto a una ganancia que no tuvo y quizás nunca tenga. Y todo esto, solo para poder mantener el poder adquisitivo de sus pesos ahorrados.

En cambio si un ahorrista adquiere dólares y simplemente los guarda en una caja, algo que sería un sacrilegio para la economía de cualquier país, pues esa energía acumulada en forma de dinero sale del sistema productivo, la revalorización que tenga esa moneda no está alcanzada por ningún impuesto, pues el resultado por tenencia en personas físicas no está alcanzado por el impuesto a las ganancias.

Sigamos pensando que aun después de este razonamiento un tozudo ahorrista argentino quiere buscar alternativas de inversión en pesos para sus ahorros.

El mercado argentino ofrece pocas alternativas, entre ellas están, los títulos públicos, nacionales y provinciales, acciones de empresas que cotizan en la Bolsa de Comercio y préstamos o bonos de empresas que también cotizan en el mercado de valores.

Todas estas alternativas son de difícil acceso para la mayoría de los ahorristas de menores importes y los costos fijos por transacción hacen difícil mantener una renta digna, pues la volatilidad y la inmadurez del mercado excluye a la gente común, preservando este ámbito a especuladores y avezados inversores.

Algunos expertos en el mercado local han concluido que “para salir con una pequeña fortuna de la bolsa era necesario haber entrado con una gran fortuna”.

Ni hablar de los títulos públicos. Argentina se ha dado el lujo de incumplir los pagos de todo tipo de deuda, incluso la emitida en moneda nacional. Si, en esos pesos que se emiten diariamente para afrontar el déficit fiscal primario pero no para honrar los compromisos con los ahorristas, al menos en pesos.

Las experiencias de inversores de todo el mundo con respecto a la deuda externa soberana han sido pésimas. En nueve oportunidades Argentina incumplio sus compromisos de pago y refinanció la deuda generando grandes pérdidas a los inversores que suscribieron títulos a la par con el objetivo de conservarlos a largo plazo. En cambio fue caldo de cultivo para especuladores y fondos de distress, como se denominan a los que apuestan a corto plazo comprando deuda en momentos de incertidumbre a muy bajo precio.

Mientras tanto el mundo ofrece infinidad de instrumentos financieros para atraer a inversores de todos lados para que dejen su energía en sus localidades. Las justicias de los países protegen al inversor y al ahorro, entendiendo que ambos son los promotores del crecimiento y el desarrollo de personas, empresas y naciones.

En el mundo desarrollado existe una orquesta sinfónica de instrumentos financieros esperando a los inversores para seducir con sus colocaciones, en cambio en Argentina los esperamos sentados, ofreciendo simplemente nuestros charango y bombo.

Si a los pésimos antecedentes que existen en la memoria de los argentinos con respecto a la pérdida de valor de sus pesos, le agregamos una política fiscal que no promueve el ahorro en pesos, y la ausencia de propuestas de colocación de pesos en el mercado local, sin dudas el dólar es el camino, ya no por voluntad o deseo sino por necesidad.

Esto no sirve ni servirá para el país.

Son muy pocos los que pueden atesorar dólares y en consecuencia muchos los que quedan al desamparo de los pesos decadentes.

Los índices de pobreza, indigencia y marginalidad son prueba fehaciente del efecto nefasto que tiene carecer de una moneda que sirva para el ahorro y el desarrollo.

Por otro lado los controles de precios, de cambios y el desdoblamiento cambiario lejos de resolver el embudo hacia el dólar lo potencia, generando oportunidades extremadamente rentables a quienes puedan arbitrar entre un mercado y el otro. Estas políticas alientan el atesoramiento y desalienta la liquidación de divisas. Quienes tengan dólares para vender prefieren endeudarse en pesos y dejar la moneda dura en reserva. Por el contrario, quienes tienen posiciones en pesos buscan salir de los mismos rápidamente.

A menudo me preguntan cuánto debería valer el dólar?. Usualmente respondo con otra pregunta. Si ud. tuviera que vender todos sus bienes valorizados en moneda dura y todos sus dólares, para quedarse solo con pesos por un año a que valor de tipo de cambio los vendería?. Eso es lo que vale.

Generalmente la respuesta que recibo en estos días es que a ningún valor harían esa transacción y esto es muy razonable.

El problema no está en el dólar, sino en el peso.

La debilidad del peso es la debilidad de la nación.

El peso es una parte de nuestra soberanía.

¿Podremos resolver este problema?

Debemos trabajar en todos los frentes que han provocado la desconfianza y sobre todo la falta de oportunidad que trae ahorrar en nuestra moneda.

Los ejes a tratar son los mismos que han llevado a que todos los caminos conduzcan al verde.

La política tributaria debe fomentar el ahorro, los préstamos públicos y privados y las inversiones de riesgo a largo plazo que permitan sustituir importaciones o exportar. De esta forma transformamos pesos con valor agregado a dólares que ingresan en nuestro mercado.

El mercado de capitales debe fomentar la inversión en compañías que cotizan en bolsa permitiendo diferir impuestos o garantizando el capital aportado. La educación financiera también es inclusión social. Nuestro país propone alternativas de inversión muy primitivas. Es fundamental para el éxito en este programa el ejercicio de una justicia previsible y ordenada.

Ahora bien, ¿cómo hacemos para resolver la expectativa inflacionaria en el corto y mediano plazo?

La solución está en nuestras manos.

Imaginemos un peso que tenga asociado a su valor una fórmula de ajuste que contemple las variables típicas del consumo familiar.

Una moneda digital que proteja de la devaluación del peso, de libre circulación y de bajísimos costos transaccionales.

Que permita incluir en su ecosistema a la economía formal, a la popular y a la informal.

Que facilite el ahorro, garantizando al menos que quien la conserva no perderá poder de compra.

Que pueda ser utilizada como común denominador de bienes y servicios, que pueda emplearse como unidad de pago en contratos y obligaciones a futuro.

Que pueda transmitirse de una cuenta a otra sin necesidad de intermediarios costosos.

Que por su característica de digital e intangible dificulte el robo y el delito, pues su trazabilidad sería absoluta.

Se pueden utilizar plataformas de emisión de activos digitales para que rápidamente se emitan pesos electrónicos asociados a una fórmula de variación de precios para permitir a los consumidores y ahorristas defender su poder de compra.

¿Cómo se consigue mantener el poder adquisitivo del dinero suscripto en el tiempo?

Cuatro son los pilares que permiten al pequeño ahorrista acceder a los beneficios reservados solo para los grandes inversores:

  1. La reducción de los costos de intermediación financiera y servicios de pago.
  2. La mejora en los precios que efectúan los proveedores por las mejoras en las condiciones de pago, pues cobran inmediatamente en el momento en que se produce la venta.
  3. Por la colocación de los saldos disponibles en operaciones financieras seguras a tasas activas, fomentando el desarrollo de los proveedores que acepten activos digitales como medio de pago.
  4. Por aportes del estado en el caso de que no sea suficiente con las alternativas anteriores. Esto podría ser a través de certificados y/o incentivos impositivos o mediante el pago de una cuota compensatoria.

Los activos digitales ajustables son una alternativa de colocación de dinero para empresas, fondos de inversión o personas físicas.

Incluso el sistema jubilatorio podría ser un importante colocador de fondos pues el principal objetivo del fondo de sustentabilidad del Anses es, al menos, mantener el poder adquisitivo de los fondos que administra.

Garantizar la posibilidad de mantener el poder adquisitivo del peso debe ser una política de estado, pues le daría un destino virtuoso al circulante en moneda nacional.

Y tal vez en un futuro podamos decir que todos los caminos conducen al peso ajustable electrónico.

 

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