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Octubre 27, 2020

Aun sigue ondeando ese estandarte de estrellas

Sebastián Maril

El auge económico que vivía Estados Unidos antes de la llegada del coronavirus, es secundario a todo aquello que representa Trump para el electorado que lo votó y lo volverá a votar. ¿Alcanzará?

Hace tan solo cuatro años, los norteamericanos enviaron un claro y contundente mensaje al mundo entero: el cambio fundamental que los líderes globalistas estaban forzando en la sociedad, no tenía lugar en “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”.

Nadie llega a la presidencia de los Estados Unidos por casualidad. Nadie. Algo ocurrió en la primera economía del planeta para que el electorado elija a Donald Trump como sucesor de Barack Obama. Un país caracterizado por ofrecer cambios moderados, con líderes Republicanos y Demócratas dialoguistas, diplomáticos y, salvo algunos matices, ubicados en el centro del espectro ideológico, esta vez, eligió como presidente a un personaje que se asemejaba más al amigo solterón del asado de los domingos, que a un típico líder norteamericano. Tosco, bruto, chocante y malhablado. Ese amigo que se lleva el mundo por delante sin importarle mucho la opinión de los demás. Esa persona que, por algún motivo que muchos aún no logran comprender, llegó a la presidencia de los EE.UU. Trump es la antítesis de todo aquello que caracteriza al típico presidente norteamericano.

Pero repito, nadie llega a la presidencia de los Estados Unidos por casualidad.

Entonces, ¿qué explica la victoria de Trump en 2016 y puede esta explicación pronosticar los resultados de 2020?

Para responder estas dos preguntas, primero debemos analizar qué ocurrió es Estados Unidos durante los 30 años previo a la llegada de Trump a la presidencia. Sin este ejercicio, seguiremos cayendo en la trampa de no entender porqué el norteamericano optó por ese amigo solterón del asado de los domingos y no por una experimentada y mejor preparada Hillary Clinton.

Si la presidencia de Barack Obama fue tan buena, ¿por qué motivo en las elecciones de 2016, los Demócratas perdieron la presidencia, el Senado, la Cámara Baja y sólo pudieron retener 17 de las 50 gobernaciones? ¿Habrá sido tan buena como nos cuentan o solo benefició a ciertos sectores del electorado norteamericano?

Lo cierto es que Obama fue la gota que rebalsó el vaso. Las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de 2016, enfrentaron a un sector del electorado que deseaba continuar con un cambio cultural, social y demográfico iniciado hace 30 años, con un segmento de la sociedad que quería recuperar las tradiciones heredadas de los Padres Fundadores de la Nación.

En octubre de 2008, a menos de una semana de las elecciones presidenciales, el entonces candidato a presidente de los Estados Unidos Barack Obama, pronunció lo que tal vez haya sido su frase más reveladora e importante como político: “Estamos a cinco días de transformar fundamentalmente a los Estados Unidos de América”. En aquél momento, pocos entendieron el significado de estas palabras, pero aquellos que sí, encendieron una luz de alarma que fue ignorada por la clase política norteamericana hasta el 2016, cuando un “gigante dormido” se despertó y rompió con 230 años de tradición política.

Desde la presidencia de George Bush padre, pasando por Bill Clinton, George Bush hijo, Barack Obama, y hasta llegar al 8 de noviembre de 2016, el norteamericano pasó de ser una persona abierta, libre, capitalista, religiosa y autosuficiente, a transformarse en un ser progresista, estado-dependiente, laico y permisivo, semejante a un social-demócrata europeo. Esta es la transformación de la cual habló Obama en 2008 y que durante sus ocho años como presidente, buscó acelerar.

Sin embargo, cuando a una sociedad se le impone un cambio de su esencia, de sus tradiciones, de su cultura, de sus emblemas, de su patrimonio y se intenta reescribir su historia, pega un “volantazo” y detiene todo intento de continuar con esta transformación fundamental. Esto es lo que ocurrió en 2016 y explica la llegada de Trump a la Casa Blanca.

La transformación lenta pero constante de la sociedad norteamericana a lo largo de los últimos 30 años, despertó a un gigante dormido quien encontró en Donald Trump a su principal referente, y lo puso en la Casa Blanca para que actúe como el megáfono de sus reclamos e impida el avance de este cambio, impuesto por los grandes polos urbanos y cosmopolitas, pero rechazado por el interior rural del país. Este sector de la sociedad, ha visto como desde el primer día de la presidencia de Donald Trump, aquellos que deseaban continuar con la transformación fundamental de los Estados Unidos de América, no detuvieron su andar y buscaron bloquear la agenda del presidente con investigaciones, escándalos, llegando hasta el ya conocido juicio político en febrero de este año.

El electorado que llevó a Trump a la presidencia no piensa abandonarlo a pesar de “la crisis o escándalo del día”. Estas personas no abandonan el barco porque para ellos, a diferencia de lo que leen y escuchan, el barco no se hunde. Saben muy bien lo que está en juego y son los mismos motivos que llevaron a este sector de la sociedad norteamericana, a este gigante dormido, a romper con más de 200 años de tradición política y poner en la Casa Blanca a la persona considerada como la menos apropiada para ejercer las responsabilidades de presidente de la primera potencia mundial.

No existe un manual, una enciclopedia, un libro de texto, un politólogo, un analista o un experto que pueda explicar la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016, si solo utiliza la nutrida historia de elecciones presidenciales de los EE.UU. como la base de su análisis. También es necesario utilizar el sentido común.

Estados Unidos no es solo Nueva York, Miami, Los Angeles, San Francisco, Washington, Chicago, Disney o el Aventura Mall. Los tradicionales destinos turísticos. Estados Unidos es también aquellas ciudades y regiones rara vez frecuentadas por los turistas donde se encuentran las tradiciones que llevaron a esta Nación a ser la más próspera, innovadora, libre, generosa, poderosa y justa en la historia. Es la Mecca de todo aquel ser humano que abandona su tierra en búsqueda de una vida mejor.

Por supuesto que los motivos detrás de la victoria de Trump en 2016 pueden pronosticar los resultados del 3 de noviembre. Es más, me atrevo a decir que el auge económico que vivía el país antes de la llegada del coronavirus, es secundario a todo aquello que representa Trump para el electorado que lo votó y lo volverá a votar. No importa “quién” es Trump o “quién” es Biden. Lo importante es entender “qué” representa cada uno. Trump, representa el Estados Unidos de los Padres Fundadores, mientras que Biden representa un Estados Unidos socialdemócrata europeo, el país que nunca fue.

Trump es la última barrera de contención que impide que aquellos que buscan la transformación fundamental de los Estados Unidos de América se adueñen del país. Ronald Reagan una vez dijo que “este es el tema central de las elecciones. Si creemos en nuestra capacidad de autogobierno y libertad o si abandonamos todo aquello por lo que luchamos durante la revolución y sucumbimos a que una pequeña élite intelectual en una capital lejana puede planificar nuestras vidas mejor que nosotros mismos”.

El futuro del último bastión capitalista en la faz de la tierra está en juego. El 3 de noviembre sabremos si “aun sigue ondeando ese estandarte de estrellas sobre la tierra de los libres y el hogar de los valientes”.

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