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Octubre 09, 2020

Faith Market

Gustavo Ammaturo

Creencia y confianza fueron los fundamentos utilizados durante mucho tiempo para analizar el valor de los activos, empresas, inmuebles, títulos.

La Biblia define a la fe como la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Es interesante analizar ambas partes de la oración.

Por un lado estar seguro de lo que se espera plantea un horizonte de ocurrencia segura, es decir que uno de los pilares es la seguridad que otorga conocer el destino. Es una cualidad particular del hombre anticiparse a los hechos, de esta forma puede prevenir o aprovechar las circunstancias que vienen.

La fe pone luz al camino iluminando también la llegada.

Luego concluye con que también es la convicción de lo que no se ve, de esta forma completa el concepto pues es condición de la fe que ese camino y destino no sea visualizado en forma directa o a través de los sentidos.

De esta forma, desde el punto de vista bíblico, la fe es la seguridad de lo que va a ocurrir sin necesidad de comprobación o argumento empírico.

La fe difiere de la creencia, pues esta se basa en la razón mientras que la otra se produce justamente cuando no hay razones para aceptar algo.

También la biblia distingue a la fe de la confianza, pues la define como la virtud que mueve a acoger y creer a una persona en sus acciones o en sus palabras.

“Inspira confianza el que, por su autoridad, su bondad, su testimonialidad de vida, se hace acreedor a que sus palabras sean aceptadas y su vida imitada, respetada o acogida”.

Como podemos ver la confianza es el resultado de la relación causa y efecto producida por los antecedentes y acciones que alguien ha producido, sirviendo de base para emitir un juicio de valor favorable. Es decir que la confianza o desconfianza son frutos de las experiencias pasadas.

También la fe se distingue de la expectativa, pues si bien ambas proyecta un destino, la primera lo plantea sin dudas, surgiendo de una profunda convicción, mientras que la segunda es producto de análisis y especulaciones, con algún grado de ocurrencia mayor o menor pero sin certezas, pues sino dejaría de ser expectativa.

El motivo por el que distingo cada uno de los conceptos enunciados guarda, paradójicamente, relación con los criterios de valoración de los activos, tal vez, un punto más de contacto entre los mundos espirituales y materiales.

Creencia y confianza fueron los fundamentos utilizados durante mucho tiempo para analizar el valor de los activos, empresas, inmuebles, títulos. Los analistas revisaron los antecedentes y los resultados del pasado para proyectar los futuros. La razón y la experiencia son los ejes fundamentales utilizados por quienes siguen este criterio valorativo.

Sin embargo, la expectativa, que siempre estuvo presente junto a la confianza y la creencia, comenzó a tener cada vez más protagonismo. A tal punto que se fue disociando de las otras cualidades relativas a la experiencia y los resultados previos.

Fue la expectativa el principal motor que hacia finales de la década de los años 90 impulsó a los IPO o Initial Public Offering de miles de “empresas tecnológicas” que salgan a cotizar, principalmente, en el Nasdaq buscando inversores oportunistas que apostaran miles de millones de dólares, poniéndolos en manos de algunos jóvenes especialistas en: “hacer páginas de Internet”.

Aun recuerdo un road show en el que cuatro pibes con barba y pelo largo, todos con anteojos y medio encorvados, presentaban un sitio para que productores y consumidores de trigo se registren para comercializar sus productos, levantando en la primera ronda de inversores 40 millones de dólares en 1996. Solo con una presentación en filminas. Pero algo aún más llamativo fue cuando poco tiempo después, las mismas personas obtuvieron 90 millones de dólares adicionales, con la misma presentación pero en este caso hablando sobre el mercado del maíz. Todo ello explicando las virtudes de Internet, que obviamente si las tenía, y la potencialidad de facturación de una página que pudiera canalizar oferta y demanda, de cualquier cosa.

La expectativa basada en el análisis de datos coyunturales y la especulación de cómo puedan variar en el futuro ha decantado en un nuevo criterio para valuar activos.

Desde los inicios de la potencial crisis sanitaria, producto del Covid-19 el cambio en los hábitos de consumo sumado a las restricciones en la circulación y los aglomeramientos de personas, entre otros, han producido un tsunami económico en la economía real.

Miles de locales que no volverán a abrir sus puertas, centros comerciales con espacios vacíos o completamente cerrados, cesación en las cadenas de pago, desempleo, solicitudes de protección frente al incumplimiento en los compromisos de pagos y caídas globales de consumo proyectan disminuciones de los PBI de todos los países del mundo estimando en más del 5% la disminución promedio en el mundo, con extremos que en algunos casos superan el 10%.

Sin embargo, el mercado de valores de Wall Street luego de alguna corrección los primeros días de la pandemia ha rebotado alcanzando máximos históricos en algunos casos. Las empresas de la llamada nueva economía, e commerce, tecnología, y logística llegaron a duplicar y más sus cotizaciones pre COVID-19.

Es como si el valor de las acciones se hubieran divorciado de la realidad de la calle, incluso de la estadística.

No fue hasta hace unos días, que pude incorporar una nueva explicación a este fenómeno.

Observando las cotizaciones de las acciones en la bolsa de Estados Unidos veo que al inicio de las sesiones bursátiles los títulos de las empresas tecnológicas, algunas muy conocidas y otras de nombres impronunciables y de lugares remotos, las cotizaciones bajan bruscamente. Le comento a mi hijo de 22 años, que sigue de cerca los movimientos del mercado, que el ajuste, producto del sentido común, había empezado. Que una vez más estábamos en presencia de otra burbuja.

Rápidamente me respondió que no era así, es más que era una oportunidad para comprar.

Fundado en la experiencia de haber atravesado las crisis de finales de los 90 y la más fresca del año 2008 argumento mi posición.

En cambio por su lado solo recibo esta respuesta; Viejo, no tenes fe vos.

Esta contestación fue en cierta forma reveladora pues encontré la respuesta al interrogante de cuánto vale una empresa.

Hay una nueva generación de inversores, muchos de ellos self made man, es decir personas que han hecho su dinero, buen dinero y otros, profesionales de las finanzas y asesores económicos, todos jóvenes, que crecieron y se formaron viendo a Bill Gates o Steve Jobs, a Jeff Bezos o a Mark Zuckerberg, que buscan replicar sus modelos exitosos en las finanzas. Invirtiendo en una fábrica china de autos eléctricos para emular a Elon Musk o en una empresa de ecommerce del África para seguir la suerte de Amazon o en una plataforma de pagos que va a salir en un año para copiar la fortuna de quienes invirtieron en Paypal.

¿Es posible un mercado de valores cuyo criterio de valuación está fundado en la fe?

De ser así veremos nuevos máximos siempre, pues la fe no tiene precio, ni límite, ni necesita explicación.

Si por el contrario solo se trata de especulación y apuestas riesgosas es probable que nos encontremos frente a la burbuja más grande de la historia y que algunos de estos muchachos se lleven el primer gran susto de sus carreras en las finanzas.

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