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Junio 23, 2021

Zombiedad

Gustavo Ammaturo

En el mundo de las finanzas se han bautizado con el nombre de “empresas zombies” a aquellas cuyas actividades demandan permanentes rescates financieros o a las que si bien pueden honrar el pago de los intereses de sus deudas no podrían afrontar la cancelación del capital o principal.

La mayoría de nosotros ha visto una película en la que aparecen zombies. La popular serie “The Walking Dead” ya lleva diez temporadas, con 153 capítulos producidos desde sus inicios en el año 2010.

Los zombies tienen su origen en la religión de origen africano vudu, muy difundida en Haití.

Existe la creencia que por medio de determinados rituales se podrían volver a la vida a seres muertos, que quedarían para siempre esclavos de quien hizo el rito.

Entes carentes de sentimientos deambulan por las ciudades sin descanso, sin sentido, anestesiados y fundamentalmente sin esperanzas, será por ello que la cultura popular los relaciona con la muerte y la esclavitud.

Almas destinados a permanecer en un limbo eterno, permaneciendo entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos, formando un tercer plano, el de ser sin ser, o el de no ser siendo.

  • Empresas zombies

En el mundo de las finanzas se han bautizado con el nombre de “empresas zombies” a aquellas cuyas actividades demandan permanentes rescates financieros o a las que si bien pueden honrar el pago de los intereses de sus deudas no podrían afrontar la cancelación del capital o principal.

Son compañías endeudadas que generan fondos suficientes para pagar los costos operativos pero que por diversas circunstancias no alcanzan para cancelar las deudas, mucho menos para repartir dividendos.

Si bien son empresas en marcha, subsisten porque los acreedores refinancian las deudas, una y otra vez, con el objeto de evitar anotar el quebranto, al menos sin tener las previsiones contables suficientes.

Otro punto crucial es el costo del dinero. Temporadas prolongadas de tasas de interés bajas, como las que tuvimos durante los últimos 15 años aproximadamente, son caldo de cultivo para que florezcan empresas zombies, pues con cada baja en el costo del dinero ven renovadas sus esperanzas de obtener nuevas refinanciaciones o incluso algo más de capital.

Muchas son las causas que pueden haberlas llevado a este “limbo financiero”. Desde malos negocios que generaron pérdidas difíciles de diluir hasta cambios en los modelos de comercialización, modas u obsolescencia tecnológica.

Sin embargo, más allá de cuáles hayan sido los motivos por los que una empresa entre dentro de esta categoría, tengan la oportunidad de dar un golpe de timón, aggiornarse, aprovechar la relación con los clientes o el valor marca. Por el contrario, la exposición permanente de vivir a expensas de la buena voluntad de los acreedores las vuelve vulnerables poniendo en alerta a nuevos inversores, clientes y proveedores, pero, principalmente a los recursos humanos, que si encuentran la posibilidad de migrar hacia empresas más solventes o con mejores perspectivas no dudarán en abandonar el barco que se hunde, o que está a la deriva, Generalmente, los mejores empleados son los que primero se van, quedando solo los malos o los románticos que tienen “puesta la camiseta”, mientras les dure el amor.

Estos factores en conjunto agravan el cuadro y generalmente precipitan el cambio de estatus de zombie a muerto.

  • Hasta ahora vimos que existen personas y empresas zombies pero, ¿podrán existir países zombies?

En las últimas semanas participé de conversaciones con funcionarios del gobierno nacional como de la ciudad de Buenos Aires, ambos con tareas ejecutivas en las jurisdicciones en la que cada uno de ellos son gobierno.

Sin entender realmente si es para reir o llorar descubrí un punto de encuentro entre los dos lados del poder. Un lugar sin grietas ni diferencias en el que el diagnóstico era exactamente el mismo.

Frente a la típica pregunta de ¿cómo ven la cosa?, con el fin de conocer cuál es la información que manejan sobre la situación socioeconómica del país o la ciudad y el estado de ánimo de la gente, las respuestas fueron idénticas.

Las dos partes coinciden en que lo más probable es que las cosas permanezcan igual durante los próximos años. Es decir, una economía amesetada y pequeña, con poca o nula inversión privada, inflación alta en términos internacionales pero aceptable en términos locales, sueldos acordes al nivel de ingreso latinomaricano pero muy por debajo de los de Estados Unidos o Europa y sin crisis social, entendiendo como tal al levantamiento de las masas de menores ingresos o a los cacerolazos masivos de la clase media. Básicamente, un pueblo que acepta su condición sin lamentos ni reproches y se entrega a transcurrir con poca expectativa de escalada social volviendo aspiracional “ser empleado público” pues solo el estado garantiza continuidad laboral sin exigencias de desempeño, sueldo acreditado del 1 al 5 de cada mes, seguridad social y aportes jubilatorios. A los que nos gustan los números podríamos asignar un 50 % de ocurrencia

El resto de las opciones se reparten de la siguiente manera:

Un 30% de probabilidades a que los ciudadanos no se adapten a las nuevas circunstancias y estalle el caos social, piquetes, cacerolazos, marchas y quejas por doquier, solo que al igual que en el 2001 la consigna no sería a favor de ninguna de las fuerzas sino aquel recordado “que se vayan todos” y un 20% de factibilidad que las políticas que implementen los gobernantes generen lentamente recuperación en los ingresos, redistribución del ingreso y de las oportunidades y crecimiento sostenido a largo plazo. Todo con mucho esfuerzo, sin arte de magia ni sueños infantiles.

Las estadísticas definen que entre dos sucesos probables el 50% de ocurrencia es la incertidumbre total. Es decir que si, en un supuesto teórico, repetimos un evento con dos posibles resultados infinitas veces saldrán la mitad de las veces uno y la otra mitad el otro. Es el peor escenario para tomar decisiones pues es absoluto azar.

En el caso que estamos analizando es diferente porque los casos posibles se reparten en distintas proporciones. Si bien hay un 50% de probabilidades de que la economía y la escalabilidad social se ameseten, el resto se reparte entre dos opciones, ambas de menor ponderación.

Igualmente, con solo vivir o seguir la evolución de las variables y los estados de ánimo en nuestro país es innecesario recurrir a las ciencias matemáticas para inferir que puede pasar en el futuro.

  • Países zombies

Al igual que los zombies, como personas que deambulan por las calles sin sentimientos ni sentido, o las compañías zombies, que subsisten a expensas de acreedores que renuevan créditos incobrables, trabajando con modelos demodé o formas probadamente fracasadas, nuestro país ha entrado desde hace muchos años en el limbo de los países zombies.

Aquellos en los que las personas que quieren mejorar y superarse con inversión y trabajo, terminan como los buenos empleados de las empresas zombies, migrando hacia otras organizaciones ofrecen mejores expectativas, salvo que en este caso son países, en lugar de empresas.

Aquellos en los que los ciudadanos se vuelven esclavos de los gobiernos, por ser quienes a través del gasto y la inversión pública son los únicos que mueven la economía, y políticos que se vuelven esclavos del tipo de cambio, pues necesitan divisas para sostener un precario e impredecible comercio exterior, al menos para las cosas esenciales.

Aquellos en los que las empresas dejan de invertir y se vuelven ineficientes, con productos caros y anticuados, al amparo de la falta de competencia.

Aquellos cuyas economías flotan en las supuestas aguas calmas que ofrece el ojo de la tormenta y cuyas sociedades de tanto esperar pueden desesperar.

Aquellos en los que la mayoría de sus habitantes, anestesiados, han perdido las esperanzas de que la política pueda mejorar la vida de las personas.

Y cuidado, cuando hablamos de política hablamos de TODOS los poderes, de TODOS los partidos, en definitiva de TODOS en los que hemos delegado nuestro poder para que tomen las decisiones fundamentales del país.

Tal vez estos sean los últimos momentos en los que nuestros representantes puedan comprender que “son solidariamente responsables” en hacer que las cosas funcionen para salir de una eterna y decadente zombiedad.

 
 

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